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Ilustraciones: Manuel Meza
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Los dreamers en la era Trump

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Hace 6 días | Facebook Twitter Whatsapp

POR EILEEN TRUAX / LOS ÁNGELES, CALIFORNIA, PARA LA REVISTA CAMBIO DE CAPITALMEDIA

“Me siento en blanco. No siento nada. He pasado por el miedo de que las autoridades de inmigración me separen de mis hijos y mi familia. He pasado por el dolor de ver a mi hermano deportado, de no poder regresar a ver morir a mi abuelo porque soy indocumentada. He vivido el dolor de ver familias deportadas y separadas. Y sin embargo, me siento mentalmente lista para actuar. Amigos y familia: si sienten que tienen que hablar con alguien, aquí estoy para escuchar o ayudar. No están solos”.

El mensaje de Alma de Jesús, compartido en su muro de Facebook a unos días de la toma de posesión de Donald Trump, conmueve por muchos motivos. Primero, porque refleja la sensación que millones de personas han experimentado en los últimos días: una especie de adormecimiento, un déjà vu a los años más duros de redadas y legitimación de la violencia antiinmigrante en Estados Unidos. Segundo, porque es un recordatorio de que aquellas personas que están en peligro de ser deportadas, nunca han dejado de estarlo: las consecuencias de vivir sin documentos las experimentan 11 millones de seres humanos desde hace años cada día, todos los días. Y tercero, porque refleja la enorme generosidad de quienes han pasado por todo esto: la puerta está abierta para hablar, compartir y resistir.

Al igual que casi 2 millones de jóvenes en Estados Unidos, Alma llegó sin documentos siendo niña, traída por su familia –en su caso, originaria del estado de Guerrero, México–, y tras el proceso de aprender otra lengua y otra cultura, se adaptó a su nuevo país. Estudió una carrera universitaria y se graduó con éxito.

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Bajita de estatura, de pelo rizado negro, ojos vivaces y enorme sonrisa, Alma hoy tiene 34 años, dos hijos nacidos en Estados Unidos, y Alejandro, su marido, también es un Dreamer. Ambos, como cientos de miles de jóvenes, podrían quedar en peligro de deportación a un país que casi no recuerdan con una orden ejecutiva de Donald Trump.

Alma se involucró en el activismo en una etapa temprana de la lucha Dreamer. La ley DREAM Act, de la cual toma su nombre el movimiento –y que de ser aprobada regularizaría a estos jóvenes indocumentados que llegaron al país siendo menores de edad– fue presentada por primera vez en el Congreso en 2001, y por última vez en 2010; ese año quedó a cinco votos de ser aprobada. Sin embargo para entonces, los grupos de jóvenes ya se habían organizado en universidades, cabildeado con congresistas, e iniciaron una serie de acciones de desobediencia civil. Alma fue una de las pioneras de esas acciones.

“Creo que para muchos de nosotros fue muy difícil saber que éramos indocumentados –comenta la joven con un ligero temblor en la voz. A pesar de llevar años contando su historia, esta parte, la del momento en el que se descubre que el estatus migratorio representa una puerta cerrada, siempre estremece–. Algunos lo descubrimos cuando nos íbamos a graduar de preparatoria. Fue difícil de aceptar, pero fuimos a la universidad y encontramos que no estábamos solos. Desarrollamos una fuerza juntos; nos organizamos, hicimos huelgas de hambre, nos llenamos de esperanza cuando Obama ganó su primera elección; firmamos peticiones para lograr el DREAM Act. Recuerdo la votación en 2010, cuando estuvo tan cerca de pasar; desde las seis de la mañana estuvimos esperando los resultados, y después el llanto. Pero también supimos sobreponernos”, recuerda aún emocionada.

Ante la falta de aprobación en el Congreso de una reforma migratoria o del DREAM Act, Barack Obama anunció en 2012 una Acción Ejecutiva, conocida como DACA, a través de la cual los chicos beneficiarios del DREAM Act podrían solicitar un permiso de trabajo temporal y estarían protegidos contra la deportación. En cuatro años, 732 000 jóvenes se inscribieron al programa, incluidos Alma y su esposo. Dado que el programa es producto de una decisión presidencial, la determinación de otro presidente puede echarla atrás; Donald Trump ha dicho que lo hará. Esto no solo regresaría a los jóvenes a su estatus indocumentado, sino que los haría más vulnerables a la deportación: el Gobierno federal cuenta con sus datos, sabe dónde localizarlos; y la mera inscripción al programa es una aceptación del estatus indocumentado.

“No nos sorprende. Si ocurre, nos afectaría, pero no nos tomaría por sorpresa –dice Alma resignada–. Trump siempre dijo que lo iba a hacer”.

INFORMARSE Y PREPARARSE

Es viernes por la noche y en una casa en el sur de Los Ángeles, un letrero anuncia que es viernes de tlayudas. Con el atractivo eslogan “Tlayúdate que yo tlayudaré”, oaxaqueños integrantes del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB) preparan el plato tradicional para vender a la gente de la comunidad, y al mismo tiempo organizan foros informativos para prepararse ante el posible embate contra la comunidad inmigrante en la era Trump.

“Lo primero que quiero reiterar es que el Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) no va a detener inmigrantes por no tener documentos. Lo hemos dicho antes: tenemos suficiente trabajo con los criminales locales, no vamos a empezar a hacer tareas de agentes de inmigración”, dice a los asistentes el teniente Alfredo Al Labrada, quien trabaja en la oficina central del LAPD y desde hace algunos años está a cargo de las relaciones con la comunidad latina.

Al teniente lo espera una tlayuda recién hecha en su mesa, pero antes de comerla se dirige a la audiencia, unas treinta personas que han venido a hacer preguntas: ¿Qué pasa si van a denunciar un caso de violencia doméstica y les piden documentos? ¿Qué tal si llega un agente de inmigración a su casa? Si alguno tiene un delito previo –Trump ha dicho que deportará criminales– ¿cómo protegerse? Si los hijos son Dreamers con DACA, ¿vendrán por ellos primero?

Labrada responde a cada pregunta en tono tranquilizador. Recuerda que aunque Trump puede firmar órdenes ejecutivas, no hay un presupuesto aprobado aún para aumentar la contratación de agentes de inmigración, de manera que de momento no aumentará considerablemente el número de detenciones.

Si alguien es detenido, tiene derecho a ir ante un juez; pero tampoco hay más presupuesto para suficientes jueces, de manera que los juicios pueden tomar años en celebrarse –pone un ejemplo: hay gente detenida ahora que tiene cita para ir a corte en 2019. Como tampoco hay más dinero para los centros de detención, sería imposible tener a todo el mundo detenido hasta entonces; la gente podría salir bajo palabra a esperar su fecha de juicio. Y para cuando todo eso pase, el Congreso ya habrá celebrado nuevas elecciones, y se acercará también la siguiente elección presidencial. Lo anterior, agrega, no significa que haya que bajar la guardia.

Cuando Labrada termina de hablar –y se sienta a comer su tlayuda un tanto fría–, toma la palabra el abogado Roberto Foss, un “gringo”, como él se define, con evidente dominio del español coloquial, que incluye un par de palabras altisonantes que relajan a la audiencia. Foss explica cómo una orden ejecutiva como las que ha firmado Trump en sus primeras dos semanas, no cambia las leyes de migración vigentes; esas solo dependen del Congreso. Lo único que podría cambiar es la situación de quienes son beneficiarios de DACA; aún así, dice, duda que empiece un arresto masivo de estos chicos. Insiste en que la gente debe estar informada, conocer sus derechos, y no dejar que les gane el miedo.

“No voy a decirles que no se preocupen, pero sí que se informen. No creo que aquí en Los Ángeles alguien llegue a sus casas a tocar la puerta, pero sí hay que entender cómo funciona el sistema para saber qué hacer: pedir un abogado, guardar silencio, no firmar ningún documento, pelear su caso hasta el final. Las cortes aún están ahí para resolver”, dice el abogado a los que han asistido por algo más que una tlayuda.

Justo esa noche, mientras Foss hablaba sobre recursos legales, un juez del estado de Washington fallaba en contra de la orden ejecutiva de Trump conocida como “muslim ban” e impuso una suspensión temporal a la medida a nivel nacional. Un día después, el presidente perdería también en una corte la solicitud de apelación.

LUCHA DE TODOS

El 12 de noviembre de 2016, cuatro días después de que Trump ganara la elección, Alma de Jesús regresó a su conocida práctica de tomar las calles para protestar; esta vez acompañada por su hija Eztli, de 10 años, y ahora con una agenda más amplia: la lucha por los derechos de la comunidad inmigrante, de las minorías religiosas, por la diversidad sexual. Las protestas en la era Trump son un asunto de derechos civiles, se han vuelto símbolo de una lucha de todos.

“Estos son tiempos difíciles –explica Alma–, no se trata de un programa nada más, o de ayudar a nuestras familias, sino de ayudarnos unos a otros. De entender que si apoyamos a los afroamericanos, o a los musulmanes, ellos apoyarán a la comunidad indocumentada. Es nuestra lucha, pero también es la de todos”.

Sorprende la generosidad del planteamiento de Alma cuando su propia familia está en riesgo. Cuando se implementó DACA, ella y su marido se inscribieron. En estos cuatro años, ambos obtuvieron un mejor empleo, que implicó mejores horarios y mejor salario, de manera que pudieron dejar de vivir con sus padres para rentar su propia casa.

“Creo que para quienes hemos pasado por tantas luchas, DACA fue agridulce, porque desde el principio sabíamos que podía terminar”, dice Alma, quien ahora cuenta con un permiso de trabajo y pudo obtener un empleo como asesora para la comunidad latina. Si una orden ejecutiva de Trump le quita validez a este documento, no podrán seguir contratándola.

“Mi esposo y yo nos preparamos para eso, pero ahora es más visible y ni modo, tenemos un plan B: por si tenemos que dejar nuestros empleos, si tenemos que dejar nuestro hogar y volver a vivir con nuestra familia”.

Alma dice estar lista para volver a resistir porque ella y su generación lo han hecho por años. Sin embargo, hay chicos que no han tenido que pasar por lo mismo: cuando terminaron la preparatoria, DACA ya estaba ahí, y hoy, a sus 20 ó 22 años, se enfrentan a una situación nueva, que los deja vulnerables.

“Muchos entendemos la lucha mejor, sabemos cómo prepararnos y debemos estar ahí para los que no lo han experimentado antes; muchos jóvenes llegaron a la edad adulta sin pasar por la lucha y la resistencia. No saben lo difícil que ha sido el camino para llegar a esto. ¿Qué pasará con nosotros que hemos estudiado, trabajado duro en el país que consideramos nuestro, ahora que nos amenazan con regresarnos a un país que no recordamos?, se preguntan. Bueno, nosotros somos los que sabemos cómo superar estos retos y es nuestra obligación estar ahí para ellos; guiarlos, entenderlos, ayudarles a tomar acción”.

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