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Opinión / 

Alfredo Arcos y sus murales en Neza

Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz perecru55@gmail.com
Hace 6 meses
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Quien conozca al pintor Alfredo Arcos lo ubica en su estudio, aledaño al Museo del Templo Mayor, en pleno corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, o aplicando lo aprendido en la Escuela de Pintura y Escultura “La Esmeralda” para manifestar su deseo de un México más justo, equitativo. Intenso lector, gran consumidor de música de variados géneros, se desempeña como dibujante del INAH. Generoso, desprendido, atiende a sus familiares que, víctimas de la carencia económica y de las enfermedades derivadas de la pobreza, reciben su puntual apoyo.

El municipio mexiquense donde Arcos creció alberga en la Casa de la Cultura, ahora conocida como Centro Regional de Cultura del Municipio de Nezahualcóyotl, cuatro murales en los cuales el pintor ha deshojado la margarita de la desigualdad con trazos e imaginación firmes, acres, sin compasión, para expresar de otro modo lo que en su momento hicieron Van Gogh y José Clemente Orozco, al abordar con su arte momentos plenos de humanidad envilecida por un sistema que la sorbe y deyecta.

La población del municipio 120 del Estado de México nutre los murales de Alfredo Arcos, y ésta incluye, además de seres humanos – niños sobre todo–, famélicos perros, eterna compañía de los nezahualcoyenses, y cerdos que en su momento abundaron como alcancías en los cuales se invertía (en el proceso de engorda) para que, cuando los matanceros arribaran a las colonias pregonando “¡puercos que vendan!”, los animales que incluso fueron montura de jinetes de porcinos, se trocaran en dinero para aliviar las necesidades más apremiantes.

El constante trato de Arcos con piezas prehispánicas, debido a su labor en el INAH, le ha permitido incorporarlas, vía la recreación, la inventiva, a los murales del Centro Regional de Cultura, entre otros sitios donde su quehacer se ha manifestado: Escuela de Enfermería, Auditorio Plurifuncional del ayuntamiento, casa del poeta Santos Velázquez…

–Los dibujos que haces para el INAH, de piezas arqueológicas, son preciosistas… Contrastan con la pintura brutal que puebla tus murales (en Neza, Londres, Ciudad de México).

–Es que las piezas son muy chingonas. He visto las más importantes. En Palenque vi unas figurillas de personajes panzones en barro. Preciosas. Los escultores profesionales se van de nalgas al verlas. Son impresionantes, parte de mi alimento.

Voy a cumplir 30 años dibujando piezas. No me quiero jubilar. Quiero seguir tocando esas piezas arqueológicas.

Libérrimo, suprarrealista, Arcos se vale del collage y del parafraseo humorístico de autores como Rufino Tamayo para que juguetes, prendas de vestir y calzado rescatadas de los basureros, construyan y deconstruyan una estética que el pintor ha denominado posculerismo y el crítico de arte Alberto Híjar describe como “abigarramiento y collages para incorporar pantaletas, cabello propio, objetos de plástico invasivo y vedettes y luchadores como alusión a lo espurio de la industria del espectáculo y de los juegos electrónicos dotadores de sentido sentimental y sensible no sólo de los jodidos, como los llamó el Tigre Azcárraga… Los colores estridentes, los peluches, los plásticos, los listones, soportan imágenes difundidas por los cines chatarra, propios de la urbanización salvaje que alimenta el amplio mercado de la piratería, el que ocupa mercados tradicionales y alimenta los cumpleaños en el barrio, los 15 años, los matrimonios, y ya está en las fiestas patronales con maracas y capas de luchadores para los danzantes de las cofradías.

Sentir y percibir y saber integran el posculerismo, porque el confinamiento invade todo, es un pathos, es la puerta del infierno”.

Arcos inició en 1984 (título de la novela de George Orwell, premonitoria del Big Brother totalitario vía el avance tecnológico) su primer mural; en sus palabras, “inicio con unos personajes cayendo, como los primeros habitantes, que no escogieron vivir en Nezahualcóyotl. Cayeron impulsados por la necesidad, rechazados por su estado natal: campesinos sin trabajo, llegan a la ciudad y son rechazados hacia la periferia, a los cinturones marginales, sin trazado de calles. Como Neza en los años 60…”

Superdotado para las artes plásticas, Alfredo Arcos prefiere expresarse en lo que denomina arte efímero: aquel que tiene un uso inmediato.

Militante incluso. O a través del performance. O mediante la intervención de prendas de vestir que alteran la tradicional visión del mundo de la moda, al incorporar cerdos, perros, mujeres acosadas, violentadas sexualmente, cabezas olmecas redivivas dándose guamazos con los conquistadores españoles…

–Para mí la experiencia artística es como entrar a otro mundo y escarbar –se sincera Arcos en entrevista–. Yo inicio improvisando. Creo que es como una actitud. Creo que el arte es efímero y que la vida es mucho más importante que la expresión artística, que la obra artística, magnificada en exceso por los europeos. Hago cosas que me gustan, ni me las pagan; yo aporto incluso materiales, mano de obra. Esto marca mi actitud ante la vida.

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TEMAS Alfredo Arcos Casa de la Cultura Centro Histórico de la Ciudad de México INAH Museo del Templo Mayor
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