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Opinión / 

Con las lluvias, el espanto social

Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz EmilianoPerezC-demo@capitalmedia.mx
Hace 2 semanas
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A la devastada patria, que ya de por sí tenemos por obra y gracia de los políticos depredadores y sus partidos, el narcotráfico, la cotidiana y aferrada corrupción, la delincuencia organizada y la inseguridad, se suman los daños ocasionados por las lluvias que asuelan diversas regiones del país, incrementando la miseria, la pérdida de vidas y de objetos personales que con enorme esfuerzo adquieren quienes menos tienen para vivir menos peor en nuestro México querido, muy vulnerable ante fenómenos naturales.

Entidades como Oaxaca, Zacatecas, Estado de México (Edomex), Coahuila, Guerrero, Baja California, Chihuahua, Chiapas, Quintana Roo, Michoacán, Veracruz y la Ciudad de México son las más expuestas a los desastres, a lo que se suma la corrupción que propicia desorden en el crecimiento de los asentamientos humanos en sitios inapropiados como laderas, barrancos, cerros, márgenes de ríos y lagunas, costas, hondonadas…

Ahora son las lluvias, pero conforme a la época del año y a eventualidades, hay pérdida de bienes por heladas, tormentas eléctricas, huracanes y ciclones, granizo, tornados, erosión, sequías, tsunamis, sismos, inundaciones, incendios forestales, deslaves, plagas, accidentes industriales que generan incendios, hundimientos, explosiones, colisiones.

Más de la mitad de los municipios mexicanos son muy vulnerables ante los cambios climáticos. El Banco Mundial nos ubica en el sitio 23 de los países con mayor riesgo ante fenómenos naturales. “Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social”, sentenció don Alfonso Reyes en su Visión de Anáhuac.

Ahora que los recientes aguaceros vienen a recordarnos la vocación lacustre del espacio que ocupa la Ciudad de México y la zona metropolitana, recordamos a Reyes por no haberle hecho caso y por no tomar en cuenta lo que en su misma crónica describió:

“–A través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible: –En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose en la seca.

“Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones –que poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja…

“Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel, barriendo sus piedras florecidas; acechaba, con ojo azul, sus torres valientes”.

Los diarios capitalinos informaron que más de 30 colonias padecen los efectos de la lluvia. Por daños a su territorio y población, destacaron las delegaciones Gustavo A. Madero y Venustiano Carranza. Iztapalapa y Tláhuac muestran huellas que mucho tardarán en borrarse. Avenidas primarias y secundarias son ahora terreno minado por “hoyancos” y baches, socavones. El aeropuerto internacional Benito Juárez suspendió operaciones.

Fue de pesadilla (más que otros días) el tráfico en Oceanía, avenida Central, Río de los Remedios o Zaragoza, Periférico, Fray Servando, Viaducto, los caminos federales a Puebla y Texcoco: el oriente urbano donde mal habita y peor se traslada el ejército de trabajo que a la ciudad deja enorme plusvalía. Oriente y poniente de la capital mexicana fueron las zonas más afectadas: zonas de pobreza, de marginalidad, de injusticia social, de salarios de hambre.

Miles de personas, como pudieron, retornaron a sus hogares pasada la medianoche de esos días de vientos huracanados y lluvia; empapadas, porque el transporte público y privado colapsó: hileras e hileras de autos, camiones, peceras, taxis, microbuses varados por la lluvia, los encharcamientos, los “hoyancos”; con el temor al “caco”, a la banda agazapada, al “malilla” drogo, que con cuchillo en mano pide para su tíner o PVC, caminaron bajo la tormenta hambrientas, cansadas, de mal humor o “cabuleando” o en el autoescarnio para aminorar la “chinga”, apenas para dormir algunas obras, levantarse y nuevamente a la vuelta de tuerca, a la rueda de la fortuna: de madrugada, al amanecer emprendieron la marcha rumbo a las estaciones del metro anegadas, imposibles para transportar a estos condenados de la tierra hasta la “exprimidora” laboral, llámese fábrica, taller, oficina, comercio, puesto ambulante del comercio informal, edificio en construcción…

Pero eso sí, decimos con don Alfonso y sin él: nuestro siglo nos encontró aún echando más paladas y abriendo más zanjas, encimando segundos pisos, creando fortalezas amuralladas para los dueños del país, al que rapiñean hoy sí, mañana también.

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