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Opinión / Columna

Leyendas sexuales. Rapiditos

Rocío Sánchez
Rocío Sánchez ask@jhkdafk.com
Hace 3 meses
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La relación sexual “rapidita” lleva muchos años en el repertorio erótico nacional. Puede ser originada por las prisas; por ejemplo, cuando se elige tener sexo en un lugar público o poco convencional y existe el peligro de ser descubiertos. Pero también, y creo que principalmente, su existencia se debe a un deseo irrefrenable de la otra persona, un antojo que no se puede contener y que es preferible saciar en unos minutitos sin esperar un momento más propicio.

Sin embargo, después del 19 de septiembre pasado, en la Ciudad de México, el “rapidín” puede haber llegado para establecerse, al menos por un tiempo. El susto que nos llevamos con el sismo fue tan grande que trastocó muchos aspectos de nuestra vida, y el sexo no tendría por qué ser la excepción. En los primeros momentos, los más agudos de la crisis, tal vez se dieron dos situaciones: una, que tuviéramos una relación sexual arrebatada, que nos hiciera sentir que teníamos vida, o que nos acercara a la otra persona tanto como fuera posible; la segunda, que estuviéramos tan estresados que ni siquiera pensáramos en tener intimidad con la pareja.

No sé tú, pero yo no pude dormir bien durante casi un mes, y las primeras semanas pasé las noches vestida y con zapatos por si sonaba la alerta de la esperada réplica. No puedo ni imaginar cómo ha podido vivir la gente del Istmo de Tehuantepec, donde las sacudidas no han cesado desde aquel 7 de septiembre en el que la tierra se les movió.

¿Cómo regresar a la normalidad, dejar a un lado el miedo, controlar los latidos del corazón cada que hay un sonido remotamente parecido a la alerta sísmica? Había que darle tiempo al tiempo y hoy, a dos meses del terremoto, espero que el estrés se haya diluido. Con todo esto, ¿cómo creo que ha sobrevivido la actividad sexual hasta ahora? Con el rapidín.

Llámese deseo sexual, necesidad de cercanía, búsqueda de relajación o como sea, las relaciones sexuales volvieron a tener lugar, aunque sospecho que con ciertas variantes. Porque, ¿quién era capaz de permanecer desnudo más tiempo del estrictamente necesario? Para mucha gente con la que platiqué, por ejemplo, las duchas se volvieron más rápidas. Sobre el sexo no les pregunté, pero me imagino que implicaba la misma dificultad para relajarse sin ropa.

Con el propósito de salvar la dificultad de la desnudez, imagino a media población capitalina teniendo sexo luego de haber sacado una sola pierna del pantalón, o bajándolo hasta las rodillas y sin quitarse los zapatos. Aun con el calor que estuvo haciendo, nos imagino perfectamente subiendo la blusa (camisa, camiseta) sólo lo necesario como para que los pechos de ambos involucrados se encontraran y así lograr un poco más de cercanía.

Otra característica del sexo postsísmico debe haber sido la duración. Con escaso juego previo, una penetración intensa y veloz y un orgasmo intenso producto de la situación, creo que los rapidines deben haber permitido saciar el deseo y a la vez conservar la tranquilidad de que todos los sentidos, el cuerpo y la mente podían estar atentos si un nuevo temblor se presentaba.

¿Estoy fantaseando demasiado? ¿Cómo les fue a ti y a tu vida sexual después del sismo? Espero que podamos hablar de ese estrés cada vez más en pasado y que pronto logremos recuperar un ritmo decente para la actividad erótica: más frecuencia, más tiempo y, sobre todo, más concentración. Porque si alguna lección nos dejó este desastre natural es que eso de vivir la vida al máximo no es sólo un cliché, sino que hace que valga la pena cada minuto que pasamos sobre este vibratorio planeta.

* Periodista especializada en salud sexual.

@RocioSanchez

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