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Opinión / Indicador Político

Prioridad presidencial en destapes: personal, no patriótica ni social

Carlos Ramírez
Carlos Ramírez carlosrm@capitaldemo.mx
Hace 7 meses
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Cuando hizo su último intento por pactar la sucesión de 1994 con el presidente Salinas de Gortari, Manuel Camacho Solís acudió a Los Pinos con una tarjeta en la que señalaba sus compromisos: todo con el expresidente, cuidar a su familia y darle espacio internacional a Joseph-Marie Córdova Montoya.

Cuando pudo decirle a Camacho Solís por qué no había sido el candidato, Salinas de Gortari le dijo que él, Camacho, se había aislado en el gabinete y no representaba una alianza de grupo.

Ahí, si sobre la marcha de la sucesión de 1994, se fijaron de nueva cuenta los parámetros de toda designación del candidato presidencial priista: la continuidad personal del presidente saliente y su familia, la continuidad de proyecto y la continuidad del grupo.

Por tanto, todos los presidentes salientes dicen que auscultan a la sociedad para percibir si los aspirantes tienen compromisos sociales y todos, sin excepción, dibujan un retrato hablado que destaca patriotismo, honestidad y compromiso social, pero al final de cuentas el presidente saliente escoge a su sucesor en función de sus propios intereses.

Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y De la Madrid pulsaron la posibilidad de cambiar candidato ya en campaña porque los designados no se comprometieron con la continuidad. Colosio fue asesinado después del discurso del 6 de marzo con el que rompió con la transexenalidad neoliberal salinista; y Zedillo fue leal con el proyecto salinista, aunque hubo de romper con Salinas por el ambiente de insistencia en su complicidad con el asesinato de Colosio bajo el modelo del “beneficiario del crimen”.

López Portillo, De la Madrid, Salinas y Zedillo llegaron a su sucesión con dos candidatos que reasentaban las dos opciones: la complicidad y continuidad transexenal, y la ruptura política. El caso más específico fue Manuel Camacho Solís, quien jugó abierto y dejó muy en claro que respetaría a Salinas, pero no le daría continuidad a su equipo ni al proyecto económico neoliberal porque el país estaba padeciendo –de mayo de 1993 a junio de 1995– una profunda crisis de sistema político.

La teoría política del sistema aconsejaba, cuando menos hasta 1976, que el nuevo candidato y el nuevo grupo de poder fuera generoso con el anterior y les diera posiciones a todas las corrientes.

Pero desde 1976 todos los candidatos hubieron de definir lealtades.

A ello se agregaba otra variable decisiva: desde 1982 todos los presidentes quisieron gobernar más allá de sus seis años reglamentarios. Y aunque el entrante llegó a carecer de grupo – como López Portillo–, los conflictos sucesorios rompieron alianzas, lealtades y complicidades.

Y la tercera variable ha tenido que ver con el hecho de que, a pesar de las promesas de lealtades, cada nuevo presidente es un jefe de grupo y que la condición de unidad y cohesión del nuevo grupo es justamente el proceso de sucesión presidencial.

Todos los nuevos presidentes llegaron con el juramento de lealtad y dependencia del expresidente, pero a la hora de jurar el cargo se transformaban en un nuevo grupo.

De ahí que todo presidente saliente tiene un conflicto de conciencia: su sucesor promete hasta lo indecible con tal de llegar, pero luego no sostiene sus promesas. Peña Nieto, como todo presidente saliente, está viendo que no existe ninguna complicidad tan sólida como para garantizar continuidad.

Así que los presidentes se parten la cabeza pensando cómo dejar atadas las cosas, pero nada garantiza la lealtad.

Política para dummies: La política es el ejercicio de las lealtades falsas, aunque prometidas.

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TEMAS “beneficiario del crimen” Joseph-Marie Córdova Montoya Manuel Camacho Solís Salinas de Gortari transexenalidad neoliberal salinista
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