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Tijuana, parqueadero humano

En Tijuana haitianos, guatemaltecos, hondureños y ahora venezolanos y rusos, todo el mundo está “parqueado”, un modismo “pocho” para decir que están estacionados esperando algo.

Son parte de los 400 mil migrantes que cada año cruzan nuestro país intentando llegar a los Estados Unidos, la mitad de ellos serán detenidos y extraditados o expulsado por las autoridades norteamericanas. El 10 por ciento, son menores que viajan solos que se vuelven invisibles en ambos lados de la frontera.

En total, 7 mil 635 menores no acompañados que habían cruzado, fueron entregados a un patrocinador, es decir, un tutor provisional; pero el departamento de Salud estadounidense desconoce el paradero de alrededor de mil 500 de estos niños, reveló el diario The Washington Post.

Eunice Rendón, coordinadora de la Agenda Migrante, apunta que sólo se habla de migración en coyunturas, como la crisis de haitianos, o ahora que el presidente estadounidense, Donald Trump, lo ha hecho visible con su terquedad en acusarlos de los peores crímenes, incluso proponiendo la separación de familias que no tengan papeles en regla.

Desde hace una década, dice Eunice Rendón, las deportaciones se ubican en alrededor de 250 mil cada año.

El sueño se atajó con acero

Los migrantes renuncian poco a poco a su sueño de “brincar al otro lado, pero si hay chance, pues vamos”, declara la mayoría de la gente.

Pararse junto al muro es deprimente, impresiona por sus dos metros y medio de alto y casi un centímetro de grueso, imposible de doblar con las manos, como lo han intentado millones. Cálculos de organizaciones de la sociedad civil y especialistas señalan que hay 25 millones de personas de origen mexicano en EU, la mitad de primera y segunda generación, y de ellos 6 millones están en riesgo de ser deportados.

Asomarse por encima de esta barda permite ver las calles de San Ysidro, con sus “mall”, centros comerciales donde se puede comprar de todo con apenas unos dólares; de este lado, las calles polvosas de terracería de Tijuana, demuestran que estamos lejos de compararnos.

En el centro de la ciudad es común ver centroamericanos, sudamericanos, norteamericanos, europeos; ahora, africanos y asiáticos; es más difícil encontrar mexicanos y, por supuesto, originarios de Baja California es casi imposible, porque principalmente guatemaltecos, hondureños y otros centroamericanos se hacen pasar por mexicanos, incluso con papeles obtenidos de forma ilegal en Chiapas.

Edwin Giovani, originario de Olancho, Honduras, viajará a Monterrey para buscar “un mejor empleo. Dejé en casa a mi familia, pues quiero darles una mejor vida. Allá, en mi país, no hay oportunidades, el gobierno no te apoya y pues hay que darle para adelante”.

Él, como muchos, puede convertirse en carne de cañón para los “polleros” que pertenecen a redes de la delincuencia organizada. Las autoridades dicen ignorar la presencia de estas bandas, o saben que existen; pero los dejan operar con tranquilidad.

La Nueva Haití

En 2016 llegaron hasta esta frontera alrededor de 15 mil haitianos, luego del terremoto que devastó a la isla. En realidad, no sólo salieron por el terremoto, explica Gustavo Banda, pastor de la iglesia Embajadores de Jesús, enclavada al poniente de Tijuana, donde ha comenzado a edificarse la “Pequeña Haití”, una colonia con residentes de esa nación.

Los predios que ocuparon, se ubican en una cañada donde a cada paso se levanta un polvo café, fino como talco. El lecho de un riachuelo sirve como calle de acceso y al fondo se ubica un tiradero clandestino, que es además chiquero de unos 60 cerdos, famélicos; pero bastante pródigos en descendencia.

El pastor Gustavo Banda ha denunciado en repetidas ocasiones el tiradero, pero ningún gobierno local o estatal, escucha.

Las casas de los haitianos contrastan con el escenario, con llantas se construyeron terraplenes y sobre ellos chalets estilo europeo o americano. Indica Banda que sí hay servicios, pero el agua es escasa y el drenaje no se ve por ningún lado, ni hablar de la pavimentación. Lo que sí abunda son las antenas de televisión satelital y las enormes camionetas que son a veces más altas que los jacales de la zona.

Los haitianos, no se encuentran en sus casas. Trabajan dobles turnos para enviar dinero a sus familias, sobrevivir en una ciudad donde un taco cuesta hasta 35 pesos, y todavía juntar los ocho mil dólares (unos 150 mil pesos) que les cobran por pasarlos por el cerro o los 12 mil (225 mil pesos) por la línea.

Moisè Rodríguez es un poco más afortunado. Él ocupó el albergue de la Asociación Prolibertad y Derechos Humanos en América. Gracias a su trabajo consiguió rentar una habitación junto con su primo en las colinas de Tijuana, una zona proletaria, pero al menos urbanizada, donde viven otros haitianos, que también se encuentran “parqueados” en espera de algo que no saben o al menos no dicen, porque de irse a EU parece cada vez más lejano.

La vida en el albergue

Sandra Benavente y su familia son los responsables de administrar el albergue. En la planta superior están las oficinas y en la parte baja se acondicionaron literas de hasta tres niveles con madera. No hay colchones ni ropa de cama, apenas unas cobijas que han sido donadas.

Al fondo está el área de mujeres, para evitar problemas, explica Sandra, aunque asegura que jamás se han presentado incidentes. Todos son respetuosos y saben que encuentran un techo y comida gratis, nadie quiere perder los privilegios.

Como este, son al menos cinco los albergues que se ubican en Tijuana, ninguno de ellos recibe dinero del gobierno, se sostienen con donaciones de la sociedad civil.

Por aquí pasaron hasta cinco mil haitianos, asegura Sandra quien pide a la gente hacer donaciones para atender a todos los migrantes que los buscan, porque se fueron los haitianos, pero ahora llegan venezolanos, hondureños, africanos y hasta rusos.

Vivir en la troca

En Tijuana hay otros varados; no son extranjeros o si lo son al menos ya tienen la visa o la residencia estadounidense que les permite cruzar sin problemas; sin embargo, pierden entre tres y cincio horas diarias para cruzar la frontera, hora y media de ida y hora y media de vuelta, por lo menos.

El trámite en la “línea”, como le llaman a la aduana binacional, se convierte en una larga fila de autos que literalmente se encuentran estacionados, esperando que los agentes aduanales revisen a quienes se les pegue la gana, “por cuestiones de seguridad nacional de EU” o por los vehículos donde el escáner de rayos X ha detectado un bulto sospechoso que obliga a una minuciosa inspección.

Pasado este punto, las vías son similares en ambos lados de la frontera, amplias con hasta seis carriles, sólo que en la vecina San Ysidro y la elegante San Diego, hay una diferencia con Tijuana; acá las vías rápidas concluyen en pequeñas avenidas que se convierten en “cuellos de botella”, difíciles de superar.

Esas vías, como el autobús que transita por carriles confinados, son recientes, pero no encontraron eco en los habitantes, quienes prefieren usar los sus autos particulares, los colectivos o taxis, en ese orden, porque acá la vida es cara, pero del otro lado más.

Por eso, prefieren perder horas parqueados en el tráfico, pues la renta de una casa allá puede alcanzar los 800 dólares (unos 15 mil pesos) por menos de un tercio conseguirían una casa en Tijuana. Así que deciden trabajar allá y dormir del otro lado.

Historia de parqueados

Israel tiene la residencia norteamericana, y Alejandra, ella no. Él cometió un delito en EU y ahora no puede salir de esa nación. Ella no consigue convencer a las autoridades de concederle la visa. Israel espera la sentencia de la corte estadounidense sobre su caso, pero está casi seguro de que será sentenciado a tres años de prisión.

Se reúnen cada domingo en las playas de Tijuana donde pueden hablar a través del muro, que en esta parte está formado por enormes columnas de acero; y del lado norteamericano una gruesa reja como coladera con orificios de unos dos centímetros cuadrados. Aquí se platican cómo está la familia, los pequeños detalles del crecimiento de su pequeña hija, que no entiende porque su papá no puede cruzar la reja y abrazarla, sólo hablarle por esta coladera y atrás la patrulla migratoria, que también está parkeada, vigilando como halcón a quienes vienen a ver a sus familias.

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