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Miércoles 06 de Julio 2022

Semana Santa, el sueño anual (I)

 

Era la culminación del sueño anual al que le faltaba el descanso, comenzar la parranda de iglesias, vinos, comida, amigas y de panoramas de ensueño


Ni idea de lo que eran las semanas santas de antaño. Hoy, con modernos sistemas de comunicación, terrestre, aéreo, marítimo, cualquiera se transporta de un lado a otro sin agobios, disfruta (¿disfruta?) de los centros vacacionales y regresa revitalizado a las labores cotidianas.

Muchos llegan en calidad de zombis o como si les hubiesen operado el cerebro:

falta de sueño, exceso de actividad física, a la que no están habituados; bebidas alcohólicas al por mayor y otros destrampes que los dejan en calidad de sobrevivientes de una catástrofe.

Los que quedamos en el Distrito Federal, hoy CDMX, para ocultar nuestras miserias, generalmente monetarias, y nuestra cobardía ante los retos de una temporada como la actual, mencionamos y hasta publicamos nuestra felicidad porque la capital está semipoblada, los autos circulan en forma parsimoniosa y uno después de otro, sin amontonamientos ni bloqueos.

Los viejos tiempos: la tarde anterior a la salida de vacaciones corríamos a la terminal del Flecha Amarilla, de Flecha Roja (ambas con el lema: primero muertos que tarde) o de cualquier ruta de segunda. De hecho, de quinta clase, con asientos casi desprendidos del piso, una barra aceitosa de la que se colgaba el que no tenía lugar, y bueno, la capacidad de dormitar parado sin que se doblaran las rodillas o se fuese de bruces sobre los que tenían el tafanario sobre cojines boludos, rotos, con alambres salidos pero finalmente asientos.

Se disputaba el espacio con costales y líos de ropa a falta de maletas de los modestos pasajeros.

A las siete de la tarde agarrábamos la carretera México, Toluca, Zitácuaro, Ciudad Hidalgo, Morelia… y allí dejábamos que siguieran hasta Guadalajara.

En el ínterin, los niños berreaban, los pocos “viajeros” se vomitaban, principalmente al entrar a Mil Cumbres, uno de los panoramas más bellos del país; carretera angostísima con cientos de curvas en 60 kilómetros y un mirador desde el que no se aprecia el fondo, azul como el cielo. Casi siempre lluviosa y resbalosa, y donde se registraban accidentes muy fatales cada semana.

A las siete de la mañana llegábamos a la capital purépecha donde los que no tenían parientes a quienes jorobarles la existencia esa semana, buscaban un hotel barato, con cuartos gigantescos, roperos sacados de novelas de terror, y con camas –cuatro, cinco– propias para medio pelotón.

Era la culminación del sueño anual al que le faltaba el descanso, comenzar la parranda de iglesias, vinos, comida, amigas y de panoramas de ensueño…