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Domingo 23 de Febrero 2020
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Ciclistas: eso de jugar a la vida

Bicicleta. Foto: Especial

Bicicleta. Foto: Especial

20 de Mayo 2018

Otro aprendiz de suicida que a diario cruzaba los barrios de la ciudad: el panadero

“ El ciclista es un aprendiz de suicida”, es una frase del escritor Julio Torri, y uno se la cree; cada vez más encuentra por las calles del barrio a esta suerte de acróbatas que, no conformes con el peligro de vivir, añaden el de pedalear en una ciudad donde la consigna de los conductores de automotores parece ser:

“Péguele a ese güey”.

Hay quienes obtienen su diario sustento montados en una bicla, burra o clicla, cobrando de casa en casa el abono de la vajilla o de la estufa de gas, de la colcha o la blusa adquirida en 12 pagos mensuales o ateniéndose a la semanal visita del abonero, al que luego se le andan escondiendo: no sean así…

Quizá por su persistencia para sorprender a las deudoras, la radio rancherita evocaba al abonero con una canción interpretada por Las Campesinas: Escóndete mamá/ que ai viene el abonero/ y mientras que se larga/ tú métete al ropero…

¨ Otro aprendiz de suicida que a diario cruzaba los barrios de la ciudad mañana y noche: el panadero. Existe este personaje favorito, aunque anda medio quebrado de salud gracias a que las conchas, cuernos, mantecadas, banderillas, bísquets, cuernos y demás piezas del museo de la panadería mexicana, se venden (guardaditos en papel celofán) y llenan tiendas, misceláneas y hasta puestos ambulantes; además, el panadero cambió la bicla por un triciclo y el canasto por horrendos y enormes huacales.

Y al panadero también le compusieron su canción y Tin Tan lo inmortalizó en una de sus cintas: “¡Ay amor… cómo me has puesto!”

Tempranito va y lo saca/ calientito en su canasta/ pa’ salir con su clientela/ por las calles principales/ y también La Ciudadela y después a los Portales/ y el que no sale se queda/ sin el pan para comer…”

Después del panadero madrugador, aún invade la calle con la suave música de su ocarina el afilador. Ducho en el arte del filo y del doble filo, en sus manos recuperan pavoroso filo las tijeras, el machete, la daga, el filetero, el cebollero, las charrascas del zapatero, el cuchillo del camotero. Además, da espectáculo con la metamorfosis de su bicicleta (puesta llantas p´arriba) es motor del esmeril que lanza miles de chispas en forma de cometa.

A la fecha, el morrongo o asistente del carnicero trepa a la bici y con su carga de filetes, tocinos y embutidos concurre a fondas y restoranes, puestos callejeros y comederos de postín, atendiendo a los pedidos sin arredrarse ante la amenaza de peseros o camiones y diestro para circular en sentido contrario, pegando tremendos sustos a los peatones que se preguntan: ¿qué fue eso que casi me tumba, tumbador? El morrongo en cicla, sí ’íñor.

El cartero, con las buenas o malas nuevas ensobretadas, supo a las primeras de cambio o luego de dos que tres desgarrones en el pantalón –como buen ciclista–, defenderse afinando la puntería para escarmentar a los perros con la punta del zapato o con el tacón; además, tenía habilidad para silbar, echar mano dentro del morral, extraer la carta y además ver la dirección del próximo remitente.

Otro prodigioso aprendiz de suicida o ciclista fue el lechero. Recordamos al “Gordo”, siempre con los zapatos manchados con estiércol, lo mismo que el pantalón color caqui y la playera blanca. Bajaba de la bicicleta en una forma a la que legó su nombre: subirse y bajarse de a lechero, pasando el pie derecho por encima del cuadro, y con el par de botes en el portabultos trasero.

En el portabultos del frente, el “Gordo” lechero sólo llevaba el diario La Prensa, que después pudo leer a sus anchísimas gracias a que se consiguió un enclenque ayudante que lo empujaba por todo el llano y despachaba cada litro, mientras su patrón, escondido tras gafas oscuras y sombrero de palma, se ponía al tiro en la información criminal y deportiva.

En las reparadoras o talleres de bicis de barrio no se dan abasto para atender a la clientela: el oficio se hereda de padres a hijos que se las ven con ponchaduras, enderezado de rines, soldadura de tijeras, ajuste de rayos, dotación de espejos, de aire mediante compresoras, alineado de manubrios, reponiendo baleros y asientos, llantas y cámaras, pivotes, cadenas, bielas, frenos, palancas de cambios, estrellas…

La tecnología experimenta con nuevos y atractivos diseños aerodinámicos y ergonómicos, enriquecidos con materiales como el titanium o la fibra de carbono, para hacerlas ultraligeras, con amortiguadores y menor resistencia al viento y la absorción del impacto de golpes, piedras, animales, y otras cuentan incluso con batería de litio-ion de polímero, recargable a pedalazo limpio para ser utilizada por un motor eléctrico.

Es necesario incrementar las ciclopistas y establecer talleres móviles, que asistan al ciclista con reparaciones relámpago y oferta de refacciones. Porque ciclistas somos y pedaleando andamos, no sólo en domingo. Los riesgos abundan: conductores, baches, atarjeas destapadas, rejillas donde la llanta puede encallar, portezuelas que de súbito abren, tubos de escape que vomitan humos y vapores directo a la nariz…

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