El juicio en el Sanedrin

En esa noche, el Señor comenzó a padecer la ausencia de los suyos, de quienes le prometieron estar con él y amarlo por siempre. El abandono de sus amigos se sumó a todo aquel maltrato.
Roberto O’Farril Publicado el
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Por Roberto O’Farrill Corona

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“El juicio en el Sanedrin”

Luego de ser aprehendido en el huerto de los Olivos, “llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y se reúnen todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. También Pedro le siguió de lejos, hasta dentro del palacio del Sumo Sacerdote, y estaba sentado con los criados, calentándose al fuego. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte; pero no lo encontraban. Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían. Algunos, levantándose, dieron contra él este falso testimonio: «Nosotros lo oímos decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres». Y tampoco en este caso coincidía su testimonio” (Mc 14,53-59). 

En cuanto Jesús fue ingresado a la asamblea, todos callaron ante su presencia. Su rostro era imperioso y en él convivían la solemnidad con la sencillez. Los miró compasivo y ellos se acobardaron al instante, pero el odio que moraba en aquellos sumos sacerdotes, ancianos y escribas hizo que combatieran su dulce mirada con mentiras que desgarraron la verdad.

En esa simulación de un juicio no hubo acusaciones previas; sólo una asamblea de acusadores, una reunión de interrogatorios a falsos testigos que se contradecían. Se vio cumplida la Escritura: “Se han alzado contra mí falsos testigos, que respiran violencia” (Sal 27,12)

La residencia del Sumo Sacerdote se convirtió en el escenario de la vergüenza del judaísmo que, en un aparente juicio religioso, se afanó en hacer padecer a la verdad hasta aniquilarla en manos de los ministros que un día recibieron la encomienda de ser hombres justos. Pero la verdad, aunque herida, se irguió en el silencio de su más pura presencia, que en la persona de Jesús se tradujo en un reto imposible de descifrar mientras él permanecía indefenso ante sus acusadores, pues nadie habló en favor suyo. “Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y poniéndose en medio, preguntó a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?». Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?». Y dijo Jesús: «Sí, yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo». El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?». Todos juzgaron que era reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras le decían: «Adivina», y los criados lo recibieron a golpes” (Mc 14,60-65).

Jesús permanecía callado, siempre erguido “y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53,7). Tal vez recitaba en su interior la sagrada Escritura: “Pero yo me hago el sordo y nada oigo, como un mudo que no abre la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en sus labios. Que en ti, Yahvé, yo espero, tú responderás, Señor, Dios mío” (Sal 38,14-16).

El Sumo Sacerdote, exasperado, cuestionó a Jesús acerca de su origen, pues lo conocía, y le preguntó si acaso él era el Mesías. Le respondió con toda la verdad diciendo que sí, tal como “dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy»” (Ex 3,14) y se refirió a sí mismo como el Hijo del hombre profetizado en la Escritura sagrada.

En efecto, con las palabras «Sí, yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo», Jesús confirmó su divinidad y reafirmó la profecía de su retorno al mundo, del que será testigo la generación que verá cumplidas estas palabras que confirmarán que aquel Jesús, injustamente juzgado por el judaísmo, es Dios verdadero de Dios verdadero.

Tras su propia declaración, la carencia de premisas fue suplida por el argumento de autoridad que exigía la muerte del blasfemo, pretendiendo defender a Dios aunque volviéndose contra el acusado al odiarlo y matarlo. Entonces todos juzgaron que era reo de muerte.

Jesús, benévolo y consciente de su fuerza, los miraba compasivo, pues esa pantomima de juicio, que quebrantaba toda justicia, pretendió también deshonrarlo mediante el escarnio. Los golpes ahogaron las palabras, los jueces se convirtieron en verdugos, la ley quiso justificar la transgresión y se consideraron dignos de odiarle.

En esa noche, el Señor comenzó a padecer la ausencia de los suyos, de quienes le prometieron estar con él y amarlo por siempre. El abandono de sus amigos se sumó a todo aquel maltrato.

RGH

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