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Opinión

Fui sicario y estoy mal

Nací en Ciudad Acuña, Coahuila; me crié en California y en North Carolina, USA, desde los dos años de edad. Estudié pero tuve problemas: faltaba a la escuela, pero eso no me quitaba la inteligencia. De 180 días de clase, fui a 68 y pasé mis materias. Pero desde entonces no me pude recuperar, iba de mal en peor.

Cuanto tuve mis 14 o 15 años, trabajé haciendo casas con el tío de una novia. Ahí me pagaba de 800 a mil 200 dólares por semana. Pero me deportaron porque andaba de novio con una muchacha de 15 años, y eso es ilegal allá: antes de los 21 no fumas, no tomas, tampoco conduces, pero sí puedes ser convicto e ir a prisión. Me aventé un año y tres meses. Por eso me deportaron.

Mi madre trabajaba en una fábrica donde hacían ventanas para Sears, para Home Depot; pero a mi padre, en paz descanse, no lo conocí hasta que llegué a México.

Cuando me deportaron la primera vez viví año y medio con una muchacha. Me harté y me fui de nuevo a Estados Unidos, y me dieron dos años de prisión por cruce ilegal. Fui deportado de nuevo; solo, sin apoyo moral, espiritual ni familiar, estaba tirado sin nada.

Sobrevivía de los frutos que daban los árboles de mi abuela en Acuña: higos, duraznos, manzanas, granadas, plátanos. Vivía ahí solamente yo. Ella murió.

Desesperé. Un día me platicaron de una capilla de la Santa Muerte. Que todo lo que le pidiera, si hacía oración, me lo daría. Llegué de noche frente a ella y me corté, me hice una herida para tirarle sangre, y le dije: “Sabes lo que quiero: dinero, mujeres, lo que yo desee”. No lo pensé, sólo dije lo que deseaba. A las dos semanas llegó una troca y dijeron los que la conducían:

–¿Quieres trabajar, chavo?

–Sí, quiero jale –les respondí.

La chamba fue de sicario. Me mandaron a entrenamiento rudo entre los montes. A las cinco de la mañana nos sacaban, a mí y otros cuarenta chavos, por todo el cerro. Yo sólo tenía un short, y así caminaba. Luego nos mandaron a lo que ellos llaman La Guerra. Pasamos a Nuevo León y luego bajamos a Tamaulipas. Nos quedamos cinco chavos y yo en Ciudad Victoria. Los demás se fueron más al sur. Esto, en el año 2010. Me tocaron enfrentamientos duros, cosas feas. Me arrepiento. Gracias a eso estoy cómo estoy.

Mal física, emocionalmente. Me vienen a la cabeza los rostros de las personas. Las cosas, las vibraciones después de un enfrentamiento. La adrenalina, cuando uno no reacciona y entra en shock, te tumba, no puedes moverte. Me vienen ganas de suicidarme. Pero soy cobarde. Mi cara, mi expresión, es de zombie.

He tenido apoyo psicológico en la prisión. Nada profesional. A fondo. Hablar me hace bien. Sí, hablar me hace bien. Por eso estoy haciéndolo. Tengo mucho que quisiera confesar, que la gente me escuche para que no caiga en lo mismo. Ni padezca esta desesperación. Que la gente escuchara. Que comprendiera y aprendiera.

Le entraba a la droga. Sí, aunque la primera vez que me ordenaron matar quise hacerlo con la mente limpia.

–Es un trabajo –me decía–. No es alguien inocente, matas a quien mata niños y gente inocente.

Pero no tuve el valor y me drogué. Coca y mota; fue espantoso. Recuerdo los detalles, los tan plasmados en mi mente. No puedo borrarlos.

Pero luego empecé a ver el trabajo como cualquier otro, como todos los demás: un juego, algo que sucede en la esquina, donde supuestamente nos deshacíamos de los malos.

El último jefe con el que estuve agarró a un grupo de muchachos que venían de Honduras; dijo que no les haría nada, pero fueron decapitados. Quedé en shock, me ordenó los matara, pero mandé a otro. No quería matar gente inocente. Eso no era para mí.

De ese trabajo salí con el brazo y la pierna izquierda quebrados. Me machetearon. Pero llegaron mis compas y me salvaron. Casi me arrancan el brazo y la pierna, la cabeza.

¿Cómo me salí de todo esto? Escapé. Era un soldado que ya no servía como antes, me mandaron a una misión de la que no regresaría.

Escapé. Brinqué a Laredo y ahí hice tiempo en prisión, no me importaron los años que hice, sino sentirme libre por confesar a Dios lo que hice. Pero en la calle me siento abajo, con esa culpa; el perdón no sirve. Los recuerdos matan.

Tengo en mente hacer familia, pero la mujer me mintió. Dijo que me amaba, yo le echaba ganas. Era prostituta. Eso fue aquí, en Tijuana. Robó mis cosas. Tenía jale en un call center pude hacerme de cosas, ganaba bien. Quería seguir viviendo. Todavía.

Deseo que mi vida sea larga. Chanza a alguien se le ablande el corazón y me ayude. Pero aquí cada quien viene por su trabajo, a comer, por una clase de inglés: no viene a ayudar.

Tengo 28 años. Ya estudié computación. Con dinero baila el perro. Es muy difícil: sin acta de nacimiento, credencial, ni nada. No tengo ni fotos de mis familiares. En Acuña me conocen, saben del trabajo en el que andaba: no dormía por miedo a morir. Tenía mucha paranoia. A veces duermes en la troca; en los recorridos nos encontrábamos con soldados, marinos, judiciales.

Tuve enfrentamientos al tope. Si mi acompañante se dormía, lo mataba y lo bajaba de la troca. Ya me salí de eso y no quiero ni pienso regresar.

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