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Sábado 23 de Febrero 2019

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La tradición del remojo y las letrinas

Letrina. Foto: Especial Foto Capital Media
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05 de Noviembre 2017
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Quien estrenara el guáter tenía que dar el remojo

Los primeros pobladores de lo que fue el vaso de Texcoco carecíamos de todos los servicios urbanos. Los colonos se las ingeniaban para subsistir: el agua, las lluvias la proveían: bastaba colocar recipientes en las escurrideras de los tejados y hervir el líquido.

La electricidad, de la línea que abastecía al único molino de nixtamal. Esto dio origen a descomunales telarañas de cables. Pero luz había, y se alternaba el radio de bulbos con el de pilas.

El drenaje orilló a construir los guáteres sobre fosas sépticas o sobre los pozos excavados para ese fin. En su construcción participaba toda la familia. Y una vez que el agujero se colmaba, había que cavar.

El guáter constaba de una tarima sobre la oquedad, con una perforación cuadrada al centro. O dos o más, al gusto; se colocaban asientos hechos de madera; así se evitaban aglomeraciones y permitían el diálogo o la lectura de historietas, con vecinos para intercambiar ejemplares.

Los pozos no eran eternos. Se buscaba el sitio adecuado y si no había la suficiente mano de obra, se contrataban chavos. Dos eran las misiones: excavar el nuevo… y tapar el ya colmado; se utilizaba la tierra de la nueva excavación, basura y cascajo; los perros muertos ahí tenían una tumba digna.

Quien estrenara el guáter tenía que dar el remojo: invitar los refrescos o los tragos, según la edad y capacidad económica. A los chamacos nos espiaban los mayores, para que no estrenáramos pues carecíamos de recursos para “disparar”. Uno se las ingeniaba, y se decretó que el estreno que valía, fuera de un adulto. Incluso se reservaba el remojo a las visitas, el domingo.

Y había pretexto para invitarlos para que se quedaran a comer y había chelas o pulque, si es que no faltaba el pulquero que cada ocho días pasaba con su burro cargando las botas llenas de tlachicotón.

No todos los vecinos festejaban un acontecimiento como éste, pero formábamos parte de la calle de los michoacanos (por parte de mi apá) y entonces no había pierde: mientras los mayores festejaban y sacaban el radio o el tocadiscos Radson al patio, los chamacos disfrutábamos de un día con bastante dinero, pues cada visita se ponía a mano con el domingo para cada quien. Adquiríamos trompos, canicas, baleros, yoyos o el juguete de la temporada, también los recién nacidos pastelillos chatarra o chocolates con tal de obtener las estampillas (larines, les llamábamos) para jugar volados o intercambiar y completar los álbumes.

Y todo era posible gracias al estreno de la letrina y a la tradición del remojo.

***

–Tons qué, doña Tere, ¿sí les da permiso a sus muchachos para que hagan un hoyo para mi guáter y para que tapen el que ya se llenó? Cinco pesos a cada quien y la comida…

–Que sean los veinte, doña Pera. Fácil ocupan la semana. Y dejan el acarreo de agua a las vecinas. Pierden y pueden agarrar un mal aire. Ora hay que ver si quieren, porque son rete asquerosos…

–Bueno: usté los convence… Yo les presto los zapapicos y las palas… ¡Y ya me voy al mandado! Entre Alfredo, Ricardo y yo hicimos el hoyo para la letrina; “El Tizne”, hijo de la Calentana, hizo el paro: con su carretilla acarreamos basura y cascajo para rellenar. La bola de curiosos no cesaban las cábulas: “panteoneros de calabaza”, “enterradores de tamarindos”, “cuachaleadores” y otros apodos nos ponían, envidiosos por no haber sido contratados.

Al final, cuando teníamos listo a la orilla del pozo todo el relleno, no faltaba quien, aguardando a que trabajadores y mirones estuvieran descuidados, arrojaba con fuerza la basura y los trozos más grandes de cascajo:

–Órale, ya salpicaron al “Tizne” y al “Güilo”.

–Si no ayudan no estorben, culeys.

–Huyyy, bola de maricas –dijo burlón “El Mugres” y propuso: a ver, ¿quién brinca el hoyo?

Nadie aceptó: había riesgo que la tierra se desgajara; por el uso, el hoyo llegaba a tener un diámetro o lado de dos metros. Y los que nos dedicábamos a este ocasional oficio andábamos entre los siete y los 12 años de edad, aunque ganas de relajear sobraban. Alfredo, en pique con “El Mugres”, aceptó.

–Pero vamos apostando cinco varos, y que sean cinco brincos; el que libre el hoyo y llegue más veces lejos, gana.

–Sale –aceptó “El Mugres”–.

Caerás en el mierdero. ¿Con zapatos o descalzos?

–Descalzos –dijo el Fredo.

–Ya rugiste –aceptó “El Mugres” y se quitó sus matavíboras.

Se apostaron trompos, yoyos, canicas. Un jurado registraba las marcas de Alfredo y “El Mugres”, que al tercer salto aventajaba.

“El Mugres” tenía mejor técnica: llegaba al borde del pozo y se impulsaba, caía con los pies planos y calzaba del nueve, fácil aventajaba a Alfredo, que marcaba con los talones.

El mayor peso del “Mugres” lo derrotó; el cuarto salto fue su derrumbe: la orilla se desgajó. Intentó en vano aferrarse con los codos: por suerte, el contenido de la letrina espesó con la tierra del relleno. “El Mugres” pronto tocó fondo pronto, salió embarrado hasta las tetillas.

Agradeció que lo sacáramos y con agua salitrosa del nuevo pozo le quitamos los añejos excrementos y larvas de mosca que, como arroces vivos, sobre él pululaban.

¿La apuesta? Nunca la pagó.

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