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Domingo 05 de Julio 2020
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Los perrhijos

Perro de raza pitbull. Foto: Cuartoscuro

Perro de raza pitbull. Foto: Cuartoscuro

26 de Julio 2017

La satanización comenzó cuando se supo la cruel muerte de una niña

Me voy a ganar la animadversión de muchísimas amigas mías, a las que les ha entrado la ridícula moda de la adopción indiscriminada de canes y la defensa de estos animales sobre cualquier consideración humana o divina.

La mejor muestra: la marcha de cien perros pitbull acompañados por sus propietarios con familia y todo: hijos pequeños, abuelas, nietos y más inconscientes que protestaron la satanización de tan lindos animalitos.

La susodicha satanización comenzó cuando se supo de la cruel muerte de una niña de tres años en las fauces de dos de estas bestias, nacidas y criadas (creadas, además) como instrumentos de guerra.

Aquí entra la memoria: tuve un pit bull, hermoso, cariñoso y caserito. Lo sacaba todos los días a un parque al que asistían otros canes de toda suerte de razas.

Antes, lo llevé a entrenar con especialistas que incluso domesticaban a los temibles rottweiler. Pero a mi pit bull no. Explicaron que era un perro cuyos instintos afloraban a la menor provocación, aunque al parecer era un perrito noble y bien tratado desde casi su nacimiento.

Me emperré en demostrar que la nobleza de alma del amo (yo) se podría trasladar al can. Así, hasta el día en que noté que cuando se cruzaba con otro animal, éste se erizaba, se agazapaba o de plano intentaba la retirada. Evidentemente mi perro les provocaba esa reacción.

Un día un jovencito con un hermosísimo bóxer alto, brillante de lindo, se sintió gracioso y al pasar junto a mi pit bull, que le daba a la mitad de altura, le soltó la correa. El enano maldito no hizo sino cabecear la embestida y tirar la tarascada que casi le arrancó medio belfo al agresor.

Me convencí de que el entrenador tenía razón y no volví a pasear a mi perro entre otros perros más.  Murió de viejo y siempre querido y sin dar problemas, salvo una ligera mordida a un carcañal de una niña que metió su patita entre las rejas de la entrada de casa. Sin mayores daños, la curaron en un hospital y se redobló la vigilancia al animal.

A la disputa en torno a la niña muerta, la gente, más bestias que los pit bull, condenan a los padres de la infanta, critican al dueño de los animales, pero sin empatía, sin sentimiento de piedad por la niña que debió padecer los horrores del infierno al sentirse devorada por animales salvajes.

¿Habremos cambiado tanto así? Los perrhijos…

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