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Viernes 23 de Octubre 2020
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Mirar nuevos paisajes

Teatro. Foto: Especial

Teatro. Foto: Especial

12 de Octubre 2017

Sin pensarlo mucho, decidí cambiar de paisaje y voltear a mirar a otro lado

Ser o no ser, he ahí el dilema, decía Shakespeare. Lo cierto es que las sabias palabras del escritor inglés siguen tan vigentes como cuando fueron escritas. Y ahora aplican para todo, las usamos cada vez que tenemos un dilema que parece profundo y, en realidad, para muchos podría ser muy obvio que la encrucijada no existe.

Por ejemplo, ¿seguir insistiendo con alguien que no te hace caso o rendirte a los encantos seductores de quien siempre muestra interés? ¿He ahí el dilema? ¿En serio? Pues sí, ya sé, parece obvio y en realidad pensar que ahí existe un dilema no es más que un engaño. Sí, señores lectores, estoy hablando de algo simple y cotidiano, pero que nos roba el sueño y nos cambia el paisaje: el amor.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver y resulta que, no sé en qué mundo paralelo aprendimos que si alguien responde con indiferencia es porque “se hace el interesante” y entonces procedemos a engañarnos pensando que tal vez es tímido, o que le intimida nuestra presencia o que pronto tomará la decisión y dará ese gran paso. Pero no será así, lo cierto es que en materia de amor, la indiferencia no puede ser síntoma de nada bueno.

La semana pasada tuve la oportunidad de celebrar con mi buen amigo, el director teatral y actor Esteban Castellanos, que su obra “Los Niños Perdidos” cumplía 15 años en escena de manera ininterrumpida. Para ambos era una ocasión especial, pues resulta que cuando Esteban decidió adaptar libremente el cuento “A los Pinches Chamacos”, de Francisco Hinojosa, y transformarlo en un monólogo, yo fui la primera periodista en escribir una reseña sobre ese montaje teatral.

Se celebraron entonces 15 años de amistad también el pasado miércoles y yo quería compartir eso también con alguien que me importaba mucho en ese momento. Pero esa persona simplemente dijo, no. No quiso venir conmigo.

Eso no me impidió, por supuesto, ir y bailar un vals fársico con mi querido amigo Esteban y divertirme como una chiquilla sin miedo alguno al ridículo.

Un día después tomé la decisión. ¿Y si por primera vez en mi vida decidiera dejar de insistir con quien me gusta y optara por voltear a ver a quien se siente feliz de estar conmigo? ¿Y si en lugar de insistir en sacar agua de las piedras voy a bañarme en un manantial? Así que, sin pensarlo mucho, decidí cambiar de paisaje y voltear a mirar a otro lado y dejar de lado la indiferencia de quien, simplemente, está en otra dimensión.

El día de la obra, cuando vestida de manera por demás elegante acompañé a Esteban en el escenario, me convencí: yo decido a dónde mirar y sobre qué escenario brillar. Adiós a quienes no me incluyen en su mapa, hola a quienes eligen estar aquí y ahora para compartir la vida, en este paisaje. Sin más complicación. Sin dilemas shakespearianos.

Porque si algo pude entender el miércoles, es que nadie se muere por hacer el ridículo y que la vida hay que compartirla con quien quiera bailar en esa enorme pista contigo, y no con quien no quiera ni mirar el ritmo que hay en ti.

*Periodista, cronista, hedonista y feminista.

Madre, viajera, libre y terrícola.

@elipalacios

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