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Sábado 25 de Enero 2020
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¿Quién es Uriel, La Rana?

Normalistas de Ayotzinapa. Foto: Especial

Normalistas de Ayotzinapa. Foto: Especial

13 de Marzo 2018

Se atribuye haber tenido contacto por última vez con los desaparecidos antes de interrogarlos y liquidarlos con tiro de gracia

“ El Pato” les ordenó a los sicarios llegar a su casa en barrio San Miguel en 10 minutos por órdenes de “El Terco” o “El Cepillo”, pues se reportó que habían llegado los contras, es decir Los Rojos, a Iguala. Había que ir a pararlos. Que sólo lleváramos cortinas, es decir armas cortas como las 9 milímetros, las .38, las .45 No rifles, no cuernos de chivo.

Esto ocurría a las 8:15 de la noche del 26 de septiembre de 2014, narró ante el Ministerio Público “El Jona”, Jonathan Osorio Cortés, uno de los sicarios de Guerreros Unidos capturados por la autoridad en los días siguientes a la feroz embestida de policías y delincuentes que produjo seis muertos, decenas de heridos y 43 estudiantes desaparecidos de la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa hace ya tres años y medio.

La Secretaría de Gobernación y la fiscalía especial del caso Ayotzinapa dieron a conocer la captura de un personaje que consideran relevante para confirmar el paradero de los 43 normalistas.

Se trata de Érick Uriel Sandoval Rodríguez, “La Rana”, a quien se atribuye haber tenido contacto por última vez con los desaparecidos antes de interrogarlos y liquidarlos con tiro de gracia, según la verdad histórica de la PGR, antes de arrojarlos al basurero de Cocula para quemar sus cuerpos en una pira monumental cuya existencia ponen en duda familiares de los jóvenes y científicos nacionales y extranjeros.

Para dar mayor resonancia a la detención, ocurrida en la misma ciudad de Cocula, las autoridades federales afirman que “La Rana”, de 35 años de edad, tenía “contacto estrecho” con el exalcalde perredista de Iguala, José Luis Abarca, y con su esposa María de los Ángeles Pineda (ambos en prisión y sin sentencia, como los 130 policías y sicarios capturados hasta hoy por el caso, 70 por ciento de los cuales fueron torturados).

Al gobierno le urge dar una salida, lo más honorable que se pueda, al caso criminal que marcó el sexenio, pues jamás se había dado una desaparición tan masiva de seres humanos. Jamás se profundizó en torno de la participación directa de militares en la brutal acometida contra los jóvenes en esa noche trágica; solamente se identificó en Austria un pedazo de hueso del normalista Alexander Mora Venancio; entre por lo menos cinco versiones de muerte de los estudiantes, a la PGR le pareció la de la quema de los cuerpos en el basurero la más espectacular y mediática, aunque hasta hoy, imposible de probar más allá de confesiones de tres sicarios:

“El Chereje”, Agustín García Reyes; “El Jona”, Jonathan Osorio, y “El Pato”, Patricio Reyes Landa.

Estos son los testigos en que se apoya la “verdad histórica” que sostuvo, desde octubre de 2014, el entonces procurador Jesús Murillo Karam. Los tres nombran a “La Rana” como alguien que transfirió algunos cuerpos ya sin vida de normalistas que eran trasladados en un camión de tres toneladas a una Nissan Estaquitas; interrogó a algunos retenidos (sobre todo al que apodaban “El Cochiloco”); se quedó horas para avivar el fuego en el basurero; regresó al día siguiente con sus cómplices sicarios a recoger las cenizas y reducir a polvo algunos de los huesos calcinados, meterlos en ocho bolsas negras de plástico y tirarlos al río San Juan.

La PGR, las autoridades de Guerrero, los ministerios públicos y los jueces tienen a jefes y a personajes más importantes que “La Rana” presos hace años, como Sidronio Casarrubias, y ni así han podido cerrar la investigación. Exageran la relevancia del nuevo detenido, porque no tienen más que ofrecer.

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