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Jueves 06 de Agosto 2020
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“Robarse el cielo”

Antonio Cruz

Antonio Cruz

06 de Octubre 2016

Aquel ladrón, en su diálogo con Jesús crucificado, en los últimos minutos de las vidas de ambos, se ganó el cielo para sí

A lo terrible de la muerte de nuestro Señor en la Cruz se suma la profecía de Isaías: “Se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca” (53,9). En efecto, a la sentencia injusta, que atropella a su inocencia, se sumó su ejecución contado entre delincuentes; uno a su derecha, otro a su izquierda.

“El ladrón que estaba a su diestra le dijo: –Jesús de Nazaret ¿Tú también sangras conmigo? Y Jesús le respondió: –Si no fuera por este clavo que detiene mi mano, alcanzaría la tuya para estrecharla, juntos estamos crucificados. Luego bajó la vista y miró fijamente a su madre y a un joven que estaba a su lado”.

Aquel ladrón, en su diálogo con Jesús crucificado, en los últimos minutos de las vidas de ambos, se ganó el cielo para sí. De este relato, el papa Francisco entregó una profunda catequesis: “San Lucas escribe sobre dos delincuentes crucificados con Jesús, los cuales se dirigen a Él con actitudes opuestas.

El primero le insulta, como le insultaba toda la gente, ahí, como hacen los jefes del pueblo, pero este pobre hombre, llevado por la desesperación dice: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!» (Lc 23, 39). Este grito atestigua la angustia del hombre ante el misterio de la muerte y la trágica conciencia de que sólo Dios puede ser la respuesta liberadora. Este era el primer delincuente.

El otro es el llamado «buen ladrón». Sus palabras son un maravilloso modelo de arrepentimiento, una catequesis concentrada para aprender a pedir perdón a Jesús. Primero, él se dirige a su compañero: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?» (Lc 23, 40). Así pone de relieve el punto de partida del arrepentimiento: el temor a Dios. Pero no el miedo a Dios, no: el temor filial de Dios. El buen ladrón recuerda la actitud fundamental que abre a la confianza en Dios: la conciencia de su omnipotencia y de su infinita bondad. Este es el respeto confiado que ayuda a dejar espacio a Dios y a encomendarse a su misericordia, incluso en la oscuridad más densa”.

No podemos ser solamente espectadores de Cristo crucificado y del ladrón ejecutado con él. Este relato ha de mover nuestra atención, pues también somos culpables, para comprobar que no importan tanto nuestros pecados como nuestro arrepentimiento.

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