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Robos, hurtos, plagios y otras rolas

 

Triste que esto ocurra tan seguido


Carlos Rojas Martínez

Los robos en el medio artístico habían ocurrido con más frecuencia en las artes visuales, obras de Munch, Leonardo y Rembrandt son la fruta prohibida de los amigos de Roberto (¿cuál Roberto?, pregunta el despistado). Pero no sólo robos, también falsificaciones, el caso más escandaloso y creativo de la historia del arte tiene un nombre y apellido: Wolfgang Beltracchi.

En las otras disciplinas, o ramas del árbol de manzanas de la creación, estos crímenes son llamados plagios. ¿Quién no recuerda al buen Alonso Fernández de Avellaneda y su otro Quijote? El préstamo forzado en la literatura es algo común, hasta cierto punto; Ulalume González escribe como epígrafe de entrada a su libro Plagios la siguiente cita de Montaigne: “No digo lo que otros dicen sino para decirme mejor”. Y claro, este tipo de robos en realidad no son tales, siempre y cuando haya guiños al lector y esas cosas de literatos.

Los amantes de lo ajeno, chacales, han encontrado en los hijos de Orfeo su mina de oro. En Monterrey le robaron a los Enanitos Verdes; a Juan Gabriel le tocó su dotación de agandalle durante una gira en Venezuela, incluso les compuso una canción a los ladrones pidiendo regresaran los instrumentos de sus músicos, él los perdonaba si hacían tal cosa; hace poco asaltaron a los trabajadores de Molotov cuando se dirigían a Michoacán, fue en el Estado de México donde su staff recibió una buena “madrina”, pero mágicamente los instrumentos de este grupo de cumbia pseudorock aparecieron semanas después.

La hijos de Ali Babá no se tientan el corazón, quizá porque no tienen o porque, por definición, ellos son insensibles y sin sentimientos; si hay algo de valor no se lo piensan dos veces, qué importa si son artistas, el dinero fácil es lo de hoy, los cacos lo saben porque han visto a los políticos robar con impunidad (pura suposición mía).

El 20 de mayo de 2017, los integrantes del grupo moreliano Sonaxa fueron víctimas de la delincuencia en la ciudad de Uruapan. Dejaron sus cosas en la camioneta para ir a cenar, inocentes palomitas. Les bajaron todo: equipo de sonido, instrumentos, vestuario y hasta una bolsa con dulces y mezcal que llevaban de recuerdo a sus humildes casas.

Como ellos no son los músicos clásicos de Molotov, sino un grupo de provincia que toca sones heterodoxos, pues no les regresaron nada, lo robado no apareció misteriosamente en una bodega del “Establo de México”, por aquello de que hay mucho “uei”.

Triste que esto ocurra tan seguido, quizá la solución sea cantar a cappella, ¿o será que también se robarán la voz de los artistas? Habrá que ver, dijo el ciego.