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Semana Santa… (II)

En la delegación Iztapalapa iniciaron las actividades de Semana Santa con la procesión del Domingo de Ramos. Fotos: Lucilly Zavala 

Los días de la Semana Mayor las calles de Morelia se veían repletas de gente hasta altas horas de la noche


Los días de la Semana Mayor las calles de Morelia se veían repletas de gente hasta altas horas de la noche. Década de los años 50, “altas horas de la  noche” debe entenderse como despuesito de las nueve, quizás a las diez y los más vagos a las once.

Conscientes las autoridades municipales otorgaban privilegios y tratos distintivos a los visitantes. Afuera de los portales, parece increíble hoy, podíamos estacionar el coche, si éramos de los afortunados que habían llegado en tal vehículo.

Abandonada la costumbre de pasear en torno al quiosco de la Plaza de Armas, a la que algunos desastrados llaman Zócalo, las jovencitas morelianas caminaba a lo largo de la Calle Real o avenida Madero, luciéndose junto a las mesas de los restaurantes que ocupaban medio portal.

Allí, recargados en las salpicaderas de los coches y con una botella de Charanda Tancítaro o Uruapan que rolábamos entre los cuates, nos dedicábamos a florear a las niñas… sin que nos denunciaran ni nos agarrara a garrotazos algún gendarme indignado. El más atrevido de los piropos era: “¡Guapa, qué niña bonita!”.

Íbamos al vecino balneario de Cointzio (pronúnciese cuincho), a escasa media hora de la ciudad. Rústico, contaba con una alberca en la que podíamos desaguar sin remordimientos nuestra vejiga porque era surtida por un ojo azufroso, caliente. Muy agradable.

Los atrevidos, ya se sabe, se lanzaban desde el trampolín de seis metros. La locura. Los demás probábamos suerte en el de metro y medio; se trataba de impresionar a las jovencitas, siempre bajo la mirada de halcón del padre, los tíos o los hermanos. La familia en pleno, así que nos conformábamos con hacer payasada y media, capturar alguna culebrita de agua que después pasábamos cerca de las bañistas que pegaban grititos más falsos que un ate hecho en Celaya.

Si había más tiempo, a las nieves de pasta de Pátzcuaro que no son sino helados de crema pero con un sabor que sólo en esa región se da. Y la posible visita a Janitzio para en las escaleras que llevan al monumento a Morelos, antes de subir hasta el puño del héroe, comer tacos de pescado blanco con salsa de jitomate y yerbas secas.

Era una semana en la que no dejaban de visitarse los principales templos, cubiertos con mantos morados hasta que eran descubiertos por ignoro qué razón. Esa era la señal del regreso…