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Sábado 25 de Mayo 2019

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Tan malo el pinto...

Senador Miguel Barbosa. Foto: Cuartoscuro Foto Capital Media
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11 de Diciembre 2018
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Visito con frecuencia el estado de Puebla, recorro algunas zonas serranas y de los valles del norte de la entidad. No hago encuestas ni soy especialista en el tema, pero observo y escucho.

La elección a gobernador no dejó satisfecho a nadie. Por un lado, la imposición de una señora cuyo marido fue gobernador y que se fue tras ilusoria candidatura a la Presidencia de la República, y por el otro, a un señor acusado de oportunista y traidor; sí, dicen que aparte de brincotear de un partido a otro, a sus apoyos terminó por darles una puñalada por la espalda.

En ambos casos hay danzas millonarias por detrás. Señalados de corrupción extrema, riqueza desmedida, desmecatada y desvergonzada de la señora, y el señor de extracción dicen que muy humilde, haber enriquecido a su familia de tal manera que tienen una de las fortunas más notorias en la entidad.

La señora, Erika de Moreno Valle, beneficiaria del aparato político que dejó su marido por el que colocó como su suplente a su amigo íntimo, afirman que mucho muy íntimo, Tony (supongo que Antonio, pero eso es muy rupestre) Gali. Como el caso de la conocida dama que merece bienestar, participe en beneficios de obras sin orden, concierto ni control, realizadas por todo el estado: rutas elevadas para ciclistas, ruedota como en Londres, modernización de los fuertes históricos…

Al señor Barbosa le atribuyen un pobre mérito: haber perdido un cachito de una de sus patitas mientras era legislador, por lo que sus pares lo arroparon, lo llevaron a los altares del martirologio al asistir a las sesiones en silla de ruedas, lo hicieron figura nacional, líder partidario, sí, el partido amarillo al que de inmediato mandó al diablo mientras se acomodaba con los marrones de Morena.

Dicen por aquí, y lo dicen con dejos de rencor, que la democracia llegó para atropellarnos porque no son los ciudadanos los que deciden, sino los grupos amafiados en los partidos. Por un lado, los pomposamente llamados institutos políticos tienen el monopolio de las elecciones y por el otro, a los votantes no les dan más opción que la que ellos deciden, lo mismos que hoy están en la izquierda o el centrismo o la derecha.

O se unen cínicamente para treparse al carro del erario. País y pueblo son absolutamente intrascendentes, diríamos que ni siquiera necesarios.

Tienen razón, a ninguno de los dos los querían, pero no había más sopa que esa…

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