Lunes 19 de Agosto 2019
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MELVILLE BAJO LA LUPA DE SUS COLEGAS

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27 de Julio 2019


Uno de los rasgos de universalidad de la obra de Herman Melville (1819-1891) y su obra cumbre Moby Dick (1851) es que, junto con sus personajes indestructibles, épicos y alegóricos, logró permear no sólo en la literatura de su país, sino en su cultura, y con ello en el mundo entero, como lo evidencian las múltiples lecturas y estudios hechos por sus colegas.

Uno de los más conocidos y citados es el del poeta estadounidense Charles Olson (1910-1970), quien en 1941 escribió Llámame Ismael, un texto considerado esencial en la inacabada bibliografía sobre la citada obra, que navega entre la investigación biográfica y el análisis riguroso de la obra, y devela a un Melville para quien la gran amenaza se agazapa en la inmensidad de los espacios americanos, en la opresiva vastedad de una naturaleza que no sabe nada del hombre y sus deseos, con contraposición con Edgar Allan Poe (1909-1949), quien atisba los abismos y el horror oculto en lo más recóndito de la conciencia.

En ese contexto, uno de los grandes méritos de Melville habría sido sondear la infinita geografía del interior del ser humano, desde el aspecto más perturbador de su psique, el mal, simbolizado en el Capitán Ahab, destaca Olson, quien considera que ello le fue posible gracias a la influencia que ejercieron en él las tragedias de William Shakespeare (1564-1616).

Así, Ahab es semejante a Macbeth, pero también es un personaje fáustico goethiano, “poseído por un odio inextinguible que lo asocia a lo primitivo y que, si tiene un parangón en el mundo cristiano, éste sería el Padre, Jehová del Antiguo testamento, no la dulcificada versión del Hijo, Cristo en los evangelios”, explica el estudioso peruano Mateo Díaz Choza, en un análisis de la obra de Olson.

Otros autores que se han referido a Melville son William Faulkner, quien llegó a declarar que si algún libro le hubiera gustado escribir ese hubiera sido Moby Dick; D. H. Lawrence habló de las proporciones épicas de la historia al señalar que éste era “el libro de mar más grande que jamás se ha escrito”; mientras que Albert Camus destacó el lirismo de Melville, quien “combina las (Santas) Escrituras y el mar, la música de las olas y los cuerpos celestes, la poesía de lo cotidiano y una grandeza de proporciones Atlánticas”, según un recuento hecho por Gerardo Moncada que fue publicado en el portal “Otro Ángulo”.

En el prólogo de una de las múltiples ediciones de la novela, el argentino Jorge Luis Borges la considera infinita, página por página, y se refiere a ella como un relato que se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos. Al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir a la ballena blanca; luego, que la ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo… Tal es el universo de Moby Dick: un cosmos (un caos) no sólo perceptible, maligno sino también irracional…”.

Otro es el mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), quien destaca de Melville la profundidad de sus escritos y el alto contenido metafísico y filosófico de los símbolos que usó y que lo situaron como uno de los más grandes escritores estadunidenses. Lo llama un innovador, rebelde para su época, el visionario que requerían las letras de su país. Un Prometeo de las letras estadounidenses que desafió al mundo con su genio y que el mundo venció dejándolo en la miseria, esto último, en alusión al olvido en que murió el autor en 1891 y quizá también a ese error en su lápida que lo sepultó como Henry y no como Herman.

Además, recuerda una anécdota del crítico inglés Robert Buchanan, quien decepcionado refiere en 1885 su infructuosa búsqueda de “ese tritón que vive todavía en alguna parte de Nueva York” y del que nadie sabía nada, al que distingue como el “único gran escritor que merece ser comparado con Walt Whitman (1819-1891) en este continente”.

Vale mencionar la publicación del libro Moby Dick: la atracción del abismo (2013), en el que Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte y Constantino Bertolo, bajo la coordinación de Carlos Uriondo, reflexionan sobre esta épica y la trasladan a la actualidad para convertir la suicida paranoia de cazar la ballena blanca de la novela de Melville “en la metáfora de nuestra demencial forma de entender la ecología y de manejar el poder. En símbolo de un viaje, más vigente que nunca, hacia un abismo definitivo”.

NTX/MCV/LIT19