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Jueves 13 de Diciembre 2018

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Por sí no te has dado cuenta así son tus días gracias a los programadores

STAFF CAPITAL Foto Capital Media
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13 de Septiembre 2018
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Hay un grupo de personas que han facilitado nuestras vidas: los desarrolladores de código

POR LAURA CORDERO/REVISTA CAMBIO

Dicen que el desarrollo del código es la profesión del futuro, sin embargo, Marty McFly nos aseguró que el futuro comenzó el 21 de octubre de 2015, fecha en la que aterrizó junto con el Doc Brown en el DeLorean, y aunque desafortunadamente aún no existen las Hover Board para transportarnos, sí contamos con desarrollos como hologramas enormes. Tecnología que consideramos de punta, que no es más que el resultado de años de trabajo de aquellos que tienen el poder de facilitarnos la vida: las y los desarrolladores de código.

Definitivamente, el código no es la carrera del futuro, es la de hoy, y para comprobarlo estoy haciendo una lista con 20 actividades que realicé en un solo día y que fue mucho más fácil llevar a cabo gracias a estas personas mágicas, porque de verdad lo son. Ya se darán cuenta de lo indispensables que son en nuestro día a día.

7:25

Comienza a sonar “Such great heights”, de The Postal Service en el iPad. Es la hora de despertar. Descarté de mi vida hace muchos años los relojes de pilas porque el tic tac de las manecillas me vuelve loca. Sí, el trabajo de los desarrolladores es lo que me permite despertar con una canción que disfruto mucho y sin pegar el brinco del susto que me provocan las alarmas regulares.

7:30

Ni cinco minutos han pasado y ya tengo el celular en la mano. Soy millennial, y estar despegada del celular toda la noche provoca que lo primero que quiera ver al despertar es qué ha pasado en el mundo. Twitter, Facebook, noticias aquí y allá. Respondo algún mensaje que llegó de madrugada.

7:50

Es hora de salir de casa rumbo al gimnasio –me aseguro de llevar mi reloj que también cuenta los pasos que doy a lo largo del día–. Antes de meterme a un gimnasio, era una persona muy sedentaria; compré el reloj con el objetivo de obligarme a caminar un poco más cada día. Hoy tengo una media de 10 000 pasos, que el mismo reloj traduce en poco más de seis kilómetros. Este reloj es una maravilla, incluso puede medir las calorías que quemé con esas caminatas. Benditas personas que aman desarrollar código.

8:00

Y aunque creía que en la clase de pilates no había manera de que una persona trabajara  en código, me equivoqué. Para darle ritmo, la instructora pone música en su celular. YouTube es su mejor aliado porque incluso a veces escuchamos los comerciales que pasan. Sí, el código nuevamente se encarga de desplegar su magia y ponerle sabor a la clase.

9:10

Llego a casa y nuevamente reviso mi celular. A esa hora ya tengo algunos mensajes del trabajo con pendientes que se deben resolver en el momento. Corro inmediatamente a la computadora. Mando un par de mails y reviso la actualización del esquema de trabajo al que todo el equipo tiene acceso y puede modificar de manera remota. Código, eres nuestra salvación. Tenernos actualizados en tiempo real es la solución a todos los problemas de ciudad caos.

10:00

Es hora del baño, pero no sin antes poner música en el iPad; así mido el tiempo que me tardo en la ducha. No puedo tardar más de dos canciones porque eso significaría que llevo más de siete minutos bajo la regadera, y no estamos para andar desperdiciando el agua. Abro Spotify y pongo mi descubrimiento semanal. Hace mucho leí la magia detrás de esta lista que se crea en automático según la música que acostumbres reproducir.

Todo se lo podemos agradecer a The Echo Nest, una compañía de inteligencia musical que fue creada en el Media Lab del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y fue adquirida por Spotify. Matt Ogle, encargado de esta función, por ahí de 2015 explicó la manera en que trabajan con esta playlist: “Mientras en la semana has escuchado mucho una canción A y una canción C, pero resulta que otros usuarios han escuchando también mucho esas canciones sumadas a una canción B en sus listas de reproducción (una que tú nunca has escuchado) lo que hace Descubrimiento Semanal es darte acceso a esa canción B”. Sí, una vez más el trabajo de los desarrolladores me deja cantar en la regadera.

11:00

Una vez que ya me vestí y me arreglé, llegó el momento de bajar a cocinar. Creo que por fin puedo hacer algo en lo que no utilizo un desarrollo de un programador. Un sándwich, un poco de verdura y si hay algún pan dulce en casa pues ni modo que lo deje ahí abandonado, ¿no? Pero seamos sinceros, en todo este tiempo veía mi celular, entraba a Facebook, reía de los memes, mandaba mensajes por WhatsApp, veía historias de Instagram y más.

12:00

Hay que ir al trabajo. Como ya es un poco tarde, hablo con mi jefa a quien le pregunto si urge que llegue, afortunadamente no es así. En ocasiones, cuando hay demasiado trabajo, no lo pienso más y veo cuál es la mejor ruta que me lleve a la oficina. Google Maps es mi aliado en este caso, seguido de Uber o Cabify. Dependiendo de cuál tiene la tarifa más baja, elijo al que más le convenga a mi cartera.

13:00

Llegué. No puedo ingresar sin antes pasar una tarjeta blanca que tiene un chip, y al pasarlo por el torniquete es más que suficiente para que mi cara y mis datos aparezcan en la computadora de los vigilantes.

13:15

Estoy lista, instalada en mi lugar, con computadora prendida para comenzar a trabajar. Abro mi navegador; una, dos, tres pestañas, la página de la revista, una vez más reviso Twitter, sólo que ahora en la computadora y a buscar se ha dicho. Busco información sobre las carreras del futuro y sí, una vez más encuentro que los desarrolladores serán indispensables… –cof, cof, desde ya son indispensables para todo lo que hago, pienso.

A lo largo de la jornada laboral me levanto de mi lugar una y otra vez con el propósito de ir a la oficina del jefe de Diseño, a unos pasos de mí, quien me pide confirmar datos, nombres, orden de las cosas y demás. Nuestro equipo de trabajo puede estar al otro lado del mundo, pero gracias a la tecnología (sí, desarrolladores y programadores, gracias por todo) estamos coordinados. No es que estemos conectados las 24 horas –lo estamos de cierta manera, aunque respetamos horarios de descanso–, sin embargo, sabemos que debemos estar atentos a nuestros celulares en horarios laborales porque de lo contrario, esperar horas a que responda una persona podría retrasar a todo el equipo. Ya sea por WhatsApp, audios por esta misma vía, videollamadas por Hangouts, es que hemos consolidado nuestra manera de trabajar.

15:30

Ya casi es la hora de la comida, no podemos dejar la redacción ya que tenemos pendiente mandar una sección de la revista a la planta donde se imprime. Finalmente, doy la última revisión a ocho páginas. Examino que no haya errores, y en menos de 20 segundos el jefe ya tiene en sus manos el archivo que acabo de modificar. Él lo manda a aprobación de la directora por mail; en WhatsApp tiene la respuesta y mediante otro sistema en línea envía todos los archivos que necesita la planta ubicada en otro estado. Listo, vámonos a comer.

16:30

Ya estamos de regreso, y a continuar el resto de la revista. Sigo en contacto con más colaboradores. Verifico con ellos nombres, cifras y dudas en general. También hablo constantemente con la directora de la revista. Yo escribo por WhatsApp, y para ella es más fácil dictar por medio de los audios. Durante dos años esta técnica no nos ha fallado, ni  cuando la plataforma se ha caído. Tenemos Messenger de Facebook o Hangouts como respaldo. No tenemos pretextos con qué decir que estamos incomunicados.

18:30

Por hoy terminamos. Nos vamos a casa; antes debo ir al banco a pagar la tarjeta de crédito. Caray, apenas recibí la quincena y ya se me fue en todos los pagos: unos en línea –el celular–, otros directo con personas –como la renta– y las tarjetas a través de los cajeros automáticos. Qué buena época para estar vivos. Todo es rápido y sin filas.

18:45

Todavía no puedo ir a casa, antes debo hacer un par de compras por lo que mi ruta es diferente. Ahora debo utilizar el Metrobús de Reforma. En algunas ocasiones, siento que el número de usuarios de este transporte rebasan por mucho al número de camiones. Las filas son enormes en la primera estación; la verdad es que nunca me ha tocado un Metrobús tan lleno como los de Insurgentes a las 9 de la mañana. Definitivamente el segundo piso es la mejor zona para viajar en esta no tan nueva ruta. Todos vamos sentados y aunque en un principio reíamos de todo aquel que ignoraba el contador de lugares que indicaba que ya no había más espacio y finalmente tenía que  regresar a la planta baja, con el paso del tiempo esto ha disminuido y ya no hay tanto incauto, pero en caso de que suceda, a mi me sigue dando risa. Estoy segura de que a los que programaron el contador no les da tanta risa las veces que falla su sistema, porque sí, de vez en cuando falla.

19:30

Llegué a mi destino, y con el fin de pagar entrego mi tarjeta de débito; me piden teclear mi NIP y listo. Compras hechas. Ahora sí, vámonos a casa.

20:00

En el camino escucho música. Sigo disfrutando la playlist de Spotify que ya descargué. De pronto, una notificación: en menos de tres días llegará mi periodo. Sí, se trata de una aplicación donde tengo el control de mi periodo y no saben lo útil que es. Después de usarla por un año, sus cálculos cada vez son más precisos. Incluso me alerta que está por llegar el síndrome premenstrual, una época donde las hormonas suelen alborotarse y tenemos todo tipo de cambios de humor. Yo chillo como si no hubiera mañana. Y sí, Clue me avisa cuándo cambiará mi estado de ánimo. Estoy casi segura de que fueron mujeres las que desarrollaron esto; se sacaron otro 10 con esta aplicación ¡eh!

20:30

Llegué a casa y adiós audífonos, adiós mochila, adiós zapatos. Estoy lista para acostarme en mi cama y no saber más del mundo. Agarro el iPad con el fin de jugar mi desafío del día en Plantas vs. Zombies 2; sí, soy adicta a ese juego, pero luego me cambio al celular donde tengo Creeps! 2 y pues entre los dos, no puedo elegir mi favorito. Es un momento donde me desconecto de la realidad y sólo me concentro en conseguir los logros. De verdad amo esos juegos (a aquellas personas que desarrollaron ambos juegos, mi salud mental les está eternamente agradecida).

21:30

Por el momento se acabaron los pendientes del trabajo. Se siente bien. Bajo a cenar y aprovechamos que estamos todos los que vivimos en esta casa para hacer cuentas. Agua, gas, luz, Internet… ¿qué más debemos? Todos sacamos nuestros celulares con el propósito de calcular, porque las matemáticas no se nos dan muy bien. Somos tres comunicólogos y un abogado, las matemáticas definitivamente no son lo nuestro pero… hey, por algo existen las calculadoras. Nuestra salvación.

22:30

Terminamos de cenar, cada quien a su cuarto. Yo me peleo con mi gatita que aprovechó mi ausencia para acostarse en mi lugar. Intento quitarla sin tener éxito. Me acuesto a su lado y llegó el momento Netflix. Reviso los nuevos estrenos, veo si tengo alguna serie pendiente, y sigo revisando la oferta. Puedo tardar más de 10 minutos en elegir qué ver; a veces termino con cosas que he visto una y otra vez, como Gilmore girls; y si encuentro algo muy atractivo me puedo seguir hasta altas horas de la madrugada, aunque paro una vez que Netflix me pregunta si sigo aquí. Pues sí sigo, pero efectivamente es hora de dormir. Siento que ahí les falla una lista al mero estilo de Descubrimiento Semanal; en realidad me doy cuenta de que a veces lo que me hace falta es tiempo para ver las recomendaciones de mis amigos.

23:00

Ya terminé mi ritual antes de dormir: lavarme la cara y los dientes, cerrar ventanas, tomar un vaso de agua. Ya estoy en mi cama y sólo verifico que modifiqué bien la hora del iPad para despertar. Mañana no iré al gimnasio por lo que podré dormir media hora más. Listo. Veo por última vez la hora y a cerrar los ojos. ¡Chin, la cartulina!

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