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Martes 24 de Noviembre 2020
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Sin ser abogado defiende a su abuelo y 20 presos más

El niño abogado. Foto: Especial

El niño abogado. Foto: Especial

29 de Julio 2016

El joven logró la reducción de la condena de su abuelo

Recién acaba de cumplir 18 años, pero desde hace dos es abogado. No es licenciado en Derecho, es más, ni siquiera estudia la carrera, pero Jhonatan Miguel Landeros Nájera ha optado por una de las profesiones más difíciles en México: la defensa de la legalidad y el respeto a los derechos humanos de los presos.

Es el “niño abogado”, el que sin recursos y sin otra cosa que el deseo de un mejor país, desde el 2014 asumió como un apostolado la defensa de por lo menos 20 internos de la cárcel del Bordo de Xochiaca, en el municipio de Nezahualcóyotl.

Ese es el lugar donde se encuentra recluido su abuelo, al que ya logró reducirle la sentencia de 42 a 20 años de prisión, y dice que no descansará hasta ponerlo en libertad.

Su labor es altruista

La defensa que hace de los presos del Bordo de Xochiaca es sin pedir un solo peso a cambio.

A los presos ni siquiera les cobra las copias de los expedientes sobre los que trabaja. Sabe que un interno se encuentra más abajo de la escala última de la pobreza, por eso él asume los costos que genera su trabajo.

“No espero que nadie me pague nada, solo quiero que haya justicia”, dice.

Y es ese deseo de justicia lo que ha hecho que a la fecha mantenga sus defensas en los juzgados penales de Nezahualcóyotl, en donde ha encontrado fallas al debido proceso, de las que está seguro les permitirá a muchos de sus defendidos alcanzar la libertad.

También lleva los casos de 70 internos que han denunciado violaciones a sus derechos humanos dentro del penal del Bordo de Xochiaca.

Él es huérfano de madre, la que murió hace siete años. Su padre lo abandonó a su suerte y solo le queda el amor de su abuelo materno. De él es el único del que ha recibido cariño, pero ha sido tanto que ahora le sobra para compartirlo con los que considera que se encuentran en el abandono, sometidos por un sistema de justicia por demás injusto. Por eso dedica todo su tiempo libre a leer y revisar expedientes de internos que ni siquiera conoce.

Con su conocimiento empírico sobre derecho ha logrado ya la libertad de dos internos. Él fue el autor de los agravios que esos dos internos presentaron al momento de la apelación a su sentencia de primera instancia, en donde demostró las fallas al debido proceso penal, y un magistrado del estado de México tuvo que ordenar la inmediata libertad de ellos.

Eso lo motiva para pensar que la libertad de su abuelo se puede encontrar cerca. Sabe que la mayoría de los procesos penales están plagados de inconsistencias jurídicas, “de las que los propios agentes del Ministerio Público se valen, para mantener en prisión a muchas personas inocentes”.

El caso de su abuelo es uno de esos casos de antología, donde la verdad jurídica choca contra la verdad existencial.

El único sostén de su abuelo

Jhonatan acaba de salir de la preparatoria. La terminó en medio de la escasez económica que le deja el empleo de medio tiempo como ayudante de diseñador gráfico.

No pudo entrar a la carrea porque ni siquiera tuvo para costearse los gastos de transporte ni para la obtención de una ficha de ingreso en alguna universidad pública de la Ciudad de México.

Lo poco que gana lo utiliza para sobrevivir y llevar los gastos que implica el sostenimiento de su abuelo preso.

Porque él, además de saberse su abogado, es el único sostén de su abuelo que ya lleva más de dos años en la cárcel; de lo que gana como ayudante de diseñador, una parte la separa para poder enviar algunos pesos, a veces 200 a veces solo 100 cada mes, para que su abuelo pueda “tomarse un refresco, o a veces pagar los cobros que se hacen en la cárcel”.

Su abuelo también se ayuda desde la prisión. Le ha dicho que no quiere ser una carga. Por eso se dedica a hacer algunos escritos legales por los que cobra de 10 a 20 pesos a otros internos.

Por lo que no cobra un solo peso, es por poner a sus compañeros presos –todos sin abogado- en contacto con su nieto, para que les revise su condición jurídica y les ayude a solicitar beneficios de ley o a demostrar la violación al debido proceso penal.

Para su labor como defensor de casi un centenar de presos, se vale de la ayuda de su abuelo.

Con él habla todos los días a las seis de la mañana. Él es el contacto con los internos que le piden ayuda. Pero no es la única forma de estar cerca de sus defendidos.

Decenas de familiares buscan al “niño abogado” para solicitarle su ayuda. Él siempre les advierte de sus limitantes sobre conocimientos técnicos del derecho, pero sí les garantiza que va a pelear al lado de ellos hasta donde se pueda. Después de todo sólo eso es lo que necesita escuchar un preso.

Fallas de origen

Ahora ya no es problema. Ya tiene 18 años, y sin mayor dificultad se apersona en los juzgados penales para interponer recursos en defensa de sus presos, pero hasta hace unos meses, el principal obstáculo de Jhonatan Miguel era su minoría de edad; en los juzgados no le aceptaban ningún documento.

“En todos los juzgados solo me miraban de arriba abajo, cada vez que llegaba a interponer un recurso de queja. A veces los secretario de los juzgados solo se sonreían”.

Terminaban por preguntarle su edad y casi siempre era la misma respuesta: “no puedes presentar el recurso. Trae a tu papá o que venga el abogado”.

La risa de los funcionarios de los juzgados le calaba cuando decía que él era el defensor.

JCA

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