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“La Virgen, el Papa y el comandante”

 

En Lepanto, la Virgen María intervino prodigiosamente en favor de la cristiandad, la Liga Santa logró frenar en seco el expansionismo turco por el Mediterráneo occidental


El 7 de octubre de 1571, en la batalla de Lepanto, una de las más grandes batallas de la humanidad, se reunieron 606 naves de combate marino equivalentes a 75 por ciento de las galeras, galeazas, galeotas y fragatas disponibles en todas las flotas del mundo, y se enfrentaron más de 218 mil hombres, de los que murieron casi 38 mil.

Fue en el golfo de Lepanto (actual golfo de Corinto), frente a la ciudad de Patrás, en el Peloponeso, Grecia, donde se enfrentaron los turcos del Imperio Otomano contra la coalición cristiana conocida como la Liga Santa. En una plausible estrategia militar, Juan de Austria comandó a la cristiandad en la defensa del ataque perpetrado por el comandante Alí Bajá.

Los turcos se habían apoderado paulatinamente de diversos territorios cristianos y amenazaban con invadir Europa. Fue necesario emprender una expedición naval conformada por la Liga Santa que se reunió en Mesina, de donde partió hacia el golfo de Lepanto donde ya se encontraba la flota turca.

La batalla comenzó con el ataque frontal de ambas flotas desplegadas en línea y con el intento de los turcos de envolver solamente el ala derecha cristiana, ya que el ala izquierda se extendía casi hasta la costa.

Gran parte del mérito victorioso se debe a un joven que con 25 años adquirió la responsabilidad de comandar la flota de la Santa Alianza: don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos I y de una humilde mujer de nombre Bárbara Blomberg, y hermano del rey Felipe II.

Otro gran mérito de la victoria es del papa san Pío V, cuya vida y pontificado se caracterizaron por su gran humildad y por su inagotable actividad.

Ante la inminente invasión otomana, san Pío V tuvo la visión de constituir la Liga Santa para defender la fe en Lepanto, mientras imploraba la protección de la Virgen María con el santo Rosario entre sus manos, rezando, mientras se libraba la batalla del 7 de octubre, fecha en la que quedó establecida la festividad de Nuestra Señora de la Victoria y del Rosario.

En Lepanto, la Virgen María intervino prodigiosamente en favor de la cristiandad, la Liga Santa logró frenar en seco el expansionismo turco por el Mediterráneo occidental y romper con la superioridad naval del Imperio Otomano para el resto de la historia, y el papa san Pío V logró defender y salvaguardar la fe en Jesucristo.